28 de febrero de 2009

24 de febrero de 2009

Ryan Nobleza

Escogió ese nombre para su fantasía porque le sonaba bien, tenía ocho años y en su mente infantil era perfectamente Hollywoodiense y español a partes iguales, además de reflejar las virtudes que más admiraba. Fue aquel verano en que pasaba las tardes viendo películas en vhs con su tía. Siempre el mismo tipo de cine que ella adoraba, viejos films musicales de canciones y baile de los años cuarenta y cincuenta, no recordaba ningún título en especial pero si los actores y actrices que ella nombraba a todas horas; Fred Astaire, Judy Garland, Gene Kelly, Ginger Rogers. Él miraba alternativamente las películas y los ojos brillantes de su tía y se iba contagiando poco a poco de toda esa atmósfera de baile, de pasión y de alegría de vivir.

En otoño de ese mismo año fue cuando más vivió su fantasía, se imaginaba yendo por la calle camino del colegio cuando de pronto todos los viandantes, incluido él, bailaban al unísono una hermosa coreografía, una de esas largas en que un bailarín novato llega a la ciudad a cumplir sus sueños y va pasando por todas las etapas hasta que triunfa y encuentra el amor de su vida. Todos bailando en una vibrante comunión de emociones, diez personas, cuarenta personas, cien personas, todas en armonía, todas sintiendo lo mismo en la misma película.

Incluso se dedicó a bailar entre clase y clase, intentando tímidos pasos de claque y vueltas sobre si mismo con los brazos extendidos, mientras sus compañeros le miraban, extrañados unos, burlones otros. Ellos no sabían que él esperaba secretamente que todos arrancaran a bailar, que escucharan la misma música que oía en su cabeza. Durante unos meses fue Ryan Nobleza sin importarle lo que nadie pensara, giraba agarrado a las farolas, subía y bajaba peldaños de escaleras rítmicamente. Ryan Nobleza, el bailarín que bailaba entre bailarines, el que bailaba y hacía bailar.

Hasta que poco a poco la vida normal de un chico normal se impuso y se dedicó más a jugar al fútbol y a todas las actividades de un chico de su edad. Para final de curso Ryan Nobleza había desaparecido y sólo lo recordaba muy esporádicamente. Pasaron los años y creció viviendo y saboreando cada momento pero olvidándose de su baile entre bailarines. Se dedicó a estudiar y después casi sin darse cuenta fue aprendiendo un oficio con el que disfrutaba mucho, aunque no tenía mucho que ver con el baile ni con aquellas películas de su tía. Ryan Nobleza quedó en el fondo de su memoria, olvidado.

Fue un día de mayo de 2.005 cuando cayó de pronto desplomado al suelo como si le hubieran abandonado las fuerzas, completamente bañado en sudor. Una hora y media después lloraba sentado en un banco de madera. Ryan Nobleza recordó a Ryan Nobleza con toda claridad, ahora comprendía todo, “todos bailando la misma coreografía, todos sintiendo las mismas emociones, todos en armonía, todos vibrando, diez personas, cuarenta personas, cientos de miles de personas…”

Y allí sentado pensó que ya no le importaba como se llamaba, ni siquiera importaba tanto lo que acababa de ocurrir, pues ya era pasado, lo que quería era repetirlo todas las veces que fuera posible, sentirlo de nuevo, sentir que estaba vivo y que él no era más que un bailarín más entre miles de bailarines, que él fuera o no el primer bailarín era lo de menos, que estuviera en París y acabara de ganar la final masculina de Roland Garros también. Lo importante era que Ryan Nobleza había vuelto, y para quedarse.

14 de febrero de 2009

Un café, sólo un café

Joaquín Heras está de mal humor, son las diez de la mañana de un jueves y sale de la oficina donde su jefe acaba de dejarle a la mitad su zona de ventas, “es la crisis, tenemos que repartirnos”, “si, repartir con tu sobrino, no te jode, un niñato que lleva en esto seis meses y ya se cree que sabe más que nadie”, piensa Joaquín.
Joaquín es representante de cosméticos y trabaja en la empresa hace dieciséis años y medio, desde hace unos meses las ventas han bajado mucho, y sus comisiones también.

Y ahora esto.

Joaquín deambula por la acera ensimismado hasta que decide que necesita un café, un café y un pincho de tortilla con cebolla, “a nadie le sale como a Merche pero bueno”.
Se acerca al bar de Ruben y tras girar la esquina casi choca con el cierre. Joaquín está desconcertado, “pero… pero… ¡que hace esto cerrado!”. Hacía mucho que no iba al bar de Rubén, últimamente salía siempre disparado a su zona, a ver que arañaba.

Joaquín apoya la espalda en el cierre -y se colorea la chaqueta de verde chillón con los restos de pintura que un grafitero novato dejó hace media hora, pero eso él aún no lo sabe- mira al suelo, y va dejándose caer hasta quedar en cuclillas.

Y ayer bronca con Merche otra vez porque se enteró de lo de la tarjeta, hace mas dos meses que ni se tocan, y eso que Joaquín lo ha intentado todo, pero desde que su cuñado Fernando cerró la cristalería Merche no es la misma, no habla de otra cosa y a todo le saca punta, especialmente desde que Joaquín se negó a rehipotecar la casa para pagar las deudas de Fernando. Y eso que al principio ella estaba de acuerdo “es verdad, mi hermano sabía dónde se metía cuando se gastó todo lo del paro en las furgonetas”. “El tio tenía que comprar dos de golpe, y de las caras, y coger a tres tíos a la vez, pero si casi no tenía clientes aún”, pensaba Joaquín. Y eso que para compensar le dieron todos sus ahorros. Y fue entonces cuando Joaquín, sin decir nada a Merche –que en ese momento era muy firme con el asunto- le había pasado a Fernando la visa que tenían para emergencias y vacaciones. Ha sacado hasta el máximo, a ver ahora como lo pagan. Hasta los 20 euros mensuales de la pista del fútbol de los sábados ha tenido que pagarle, y las cañas que no deja de tomarse después. Y todo esto Merche ni lo sabe aún.

Y ahora esto.

Joaquín resopla un par de veces, levanta despacio la cabeza y mira al cielo, que hoy está extrañamente azul. Se levanta de golpe como si tuviera muelles por piernas y se lanza a caminar rápido y decidido, “bueno, lo primero un café, aunque sea sólo un café, que hay que ahorrar”.

Mientras se acerca al único bar que queda en la zona -¿cómo se llamaba?- trata de acordarse de la última vez que estuvo allí. Un bar, por describirlo de alguna forma..., horrible, en realidad un salón recreativo –“una túmba para ludópatas” piensa Joaquín- con una barra larguísima siempre semivacía. No recuerda si el café era bueno, era imposible saborearlo en semejante ambiente. Da igual, un café, sólo un café.

Lo esperado, un inmenso salón lleno de máquinas y la barra vacía. Joaquín se sienta en un taburete y se gira a mirar alrededor mientras espera a un camarero de momento inexistente. Una chica con el pelo de tres colores, y que lleva una enorme riñonera llena de cremalleras mastica chicle como si estuviera comiendo un bocadillo de mortadela, a la vez que da cambio de vez en cuando y con desgana a los dos o tres jugadores que hay en la desértica sala. Joaquín observa a la chica sin percibir que lo hace, como si mirara detrás de ella, hasta que nota que ella está molesta y que le devuelve unos ojos inyectados en desprecio, sin ningún motivo, porque si. Joaquín se gira despacio y baja la mirada.

Joaquín está a punto de salir corriendo o de dejarse caer al suelo.

Acaba de darse cuenta de que así le miró Merche ayer. Joaquín toma conciencia de ello de pronto, brutalmente. No era que le reprochara que no fuera aún más fuerte, que ahora tiene que aguantar que su hermano y sobre todo su cuñada le suelten puyas sobre lo de la hipoteca, y que lo de la tarjeta les va a dejar sin vacaciones, que para eso podían haber rehipotecado y ya está, que ya irían tirando, que ella podía hacer horas extras, pero que claro, él no lo había visto venir y la había engañado con lo de la tarjeta. No era eso, era esa mirada. Era aquella mirada la que hoy le derrumba. Joaquín puede con todo, incluso con lo de la zona a medias, a eso podía sobreponerse, fácilmente incluso, pero esa mirada…

"Y ahora esto".

Eso era "esto", no lo que él creía hasta hace un momento, eso era "esto", esa mirada de Merche.

Joaquín permanece inmóvil, pero sabe lo que va a hacer a continuación, es lo único que sabe, va a bajar del tubuerete, va a ir al baño, a estar sólo, necesita sacar ese nudo en la garganta que le ha subido desde el estómago, necesita sentarse en la tapa un vater, mirar fijamente al suelo y…

- ¡¿Un cafelito?!.

Joaquín levanta la cabeza y se encuentra con un señor mayor muy bajito, bastante chepudo, con el pelo gris muy revuelto, como si acabara de levantarse. Cuando afina la mirada descubre unos ojos pequeños de mirada traviesa tras unas enormes gafas de culo de vaso, y un poco más abajo una sonrisa de oreja a oreja que muestra una dentadura descompuesta y desordenada.

- ¿Hace mucho que no le veo por aquí? ¿cómo le va todo? ¿qué le pongo?.

Un silencio, un cruce de miradas. Joaquín se recompone.

- Un cortado por favor, con la leche fría.

Joaquín está algo desconcertado, “¿Hace mucho que no le veo?, pero si apenas he venido dos o tres veces, y de eso hace un siglo”. Joaquín observa absorto la espalda del camarero y sus mecánicos movimientos mientras prepara el café.

- Bueno, voy tirando, la cosa está jodida… – responde por fín Joaquín con una familiaridad que a él mismo sorprende, pero no se arrepiente, “bueno, a ver que pasa”, piensa.

Y pasa que el camarero le cuenta que si, que la cosa está mal y que les ha bajado mucho la clientela, pero que mientras tengan para pan y lentejas..., que todo pasará y que ya se irá viendo. Y Joaquín y Felipe – que así se llama el camarero- conversan un buen rato, y Joaquín le cuenta sin muchos detalles sus cosas, sobre todo sus desánimos profesionales y hasta se sorprende de nuevo a si mismo comentando lo del sobrino del jefe, que es lo que más le cabrea de todo. Pero son sobre todo esos ojillos pequeños que apenas se vislumbran, que rebosan de vida sin parar de sonreír, los que arrastran a Joaquín a una amena conversación a espaldas de la chica del chicle, que, como siempre, mira aburrida pero secretamente envidiosa.

- ¿Quiere un pinchito de tortilla?, la de cebolla a mi mujer le sale estupenda, bueno, casi siempre, depende de con que pierna se levante ese día.

Joaquín Heras se paraliza estupefacto por un momento, e inmediatamente después gira levemente la cabeza mirando fijamente al escaparate, hacia fuera. Y sonríe. Y apenas cinco segundos después cae en la cuenta que no lo hacía en mucho tiempo, reflexiona un momento más, y sonríe de nuevo.

- ¡Venga ese pincho Felipe!.

11 de febrero de 2009

Irritante SGAE

Cualquiera que lea el título de esta entrada, y nada más, se quedará con la impresión de que me posiciono claramente en contra de dicha asociación. Pero la realidad es que a priori no tengo una opinión claramente formada respecto a la actual polémica sobre el pirateo, las descargas, etc. Lo cierto es que ni siquiera tengo instalado un software de descarga de música o películas y sólo alguna esporádica vez, no me importa reconocerlo, he comprado alguna película pirata, cosa que he pagado con un sonido y una imagen horrible, y en un caso incluso con que de pronto la película se cortara a diez minutos del final, así que no tuve más que interpretarlo como una especie de castigo divino, y como encima era buena, irme directo a comprar la original al día siguiente. Eso por listo, pensé.

Lo que si hago, como buen cinéfilo a la antigua que soy (lo de antiguo tanto por el tipo de cine como porque me gusta tener el disco y la cajita físicamente), y cuando mi economía me lo permite, es comprar tres o cuatro películas originales y verlas en plan maratón una detrás de otra, con todo el alegre ritual que acompaña al acontecimiento, y entonces el pequeño mundo de mis cuatro paredes se dispone a ser perfecto hasta que…

…llega la SGAE (y el Ministerio de Cultura).

Y te ponen un anuncio nada más arrancar el dvd: “contra la piratería, defiende tu cultura”, que te tienes que tragar (con patatas, que diría aquel) enterito porque la teclita de avance rápido ha decidido dejar de funcionar. No creo que cuando las cintas se veían en VHS, o Beta, o sistema 2.000 (o cinexin super 8) fuera técnicamente posible bloquear la teclita de marras así que…, vaya vaya, parece que la tecnología no sólo la utilizan los malvados para piratear…

Donde quiero llegar es a que, vamos a ver, yo he pagado por esa película (y bien pagada) para verla de forma privada en mi casa, y el mensaje implícito que recibo es “se fastidia usted y se traga este rollo, porque hay muchos malos malosos y seguramente que usted es uno de ellos”. ¿Se imaginan que hicieran lo mismo con la música? ¿una cuña de un señor con voz de Bruce Willis diciendo “contra la piratería defiende tu cultura, etc, etc” que te tienes que tragar antes de oír, por ejemplo, el cd de música romántica que sueles usar cuando te dispones a hacer lo que sea que hagas cuando te pones romántico?

Y vuelvo al principio, cuando uno se quiere formar una opinión de algo escucha a las dos partes, pero no sólo lo que dicen, sino también “cómo” lo dicen. Y que quieren que les diga, por cosas como esta y otras más que oigo de estos señores no me gusta nada su estilo, su “cómo” me incita a no escuchar “qué” dicen. A los que no estamos tan implicados en el asunto y además normalmente tratamos de ver las cosas con cierto equilibrio, al final con estas cosas y este estilo se nos acaba yendo nuestro instinto a la ponderación y a la reflexión y todas esas moderadas inclinaciones a Groenlandia o más allá.

Porque como a el resto de los seres humanos (incluidos los votantes), a todos toditos, si hay algo que nos irrita, y mucho, es sentir que se nos trata como si fuéramos tontos, o niños. Ya elegiremos nosotros por nuestra cuenta cuando y como hacernos los tontos y/o sentirnos como niños.

Señores de la SGAE y el Ministerio de Cultura (raro Ministerio por cierto, como decía el maestro Manuel Alcántara: ¿no es acaso cultura un botijo?) del partido que sea, por favor, amenacen y coaccionen menos y sean más didácticos y hagan el favor de tratarnos como lo que somos, seres inteligentes y libres. Ya que de lo contrario sospecho que de todas formas, y a la larga, no van a poder poner puertas al campo, y aunque a pesar de ello ustedes tendrán sus dineritos a través de las leyes, la única imagen que habrá quedado dañada, y por mucho tiempo, será la de ustedes.

Les propongo un anuncio (si no es posible eliminarlos) adaptado a los susodichos dvd’s que comience con algo así como:

“ Es usted libre de adelantar este anuncio o no, igual que es usted libre de consumir música y cine de una forma u otra, pero…¿no cree que merece una reflexión lo que le vamos a decir a continuación…? ”

Y la teclita que funcione claro.

Y les aseguro, que todos, aunque sea por curiosidad, miraríamos al menos una vez el anuncio, de esta otra forma lo veremos cien pero no lo miraremos ni una sola vez. Porque los que no pirateamos ni tenemos intención de hacerlo, acabaremos por simpatizar con lo contrario de lo que dicen, como ya ven que empiezo a hacer yo mismo. Y si piensan que en tal caso no importa lo que opinemos y solamente lo que hacemos (como parece por su discurso) creo que se están equivocando.

Pero que bueno, tampoco dramaticemos…, ¿cómo era?, ah si, “errare humanum est”, nada nada, ustedes sigan, erre que "errare".

9 de febrero de 2009

Tendencias

A principios de un verano de hace unos tres o cuatro años pasé por unos conocidos grandes almacenes (quizá no les cuesta mucho imaginar el nombre, como decían mis admirados Faemino y Cansado “era una caja que está en Madrid, pero no decimos cuál para no hacer publicidad”), a comprar un regalo de cumpleaños para un amigo y en la planta de caballeros ví unas camisas bastante originales que además no eran excesivamente caras, sobre todo por que la marca me sonaba mucho y hasta me caía simpática, quizá por que las asociaba a las tiras de Calvin y Hobbes y a unos anclajes muy eficaces llamados Klein. Tanto me gustaron que además de una para mi amigo me compré otra para mi.

Estuve usándola un tiempo – también mi amigo- y era tan cómoda que un día decidí ir a comprar otra, y al no encontrarlas en el mismo sitio pregunté a una dependienta, la cual no entendía muy bien a qué me refería hasta que cayó en la cuenta: “¡ah, los pijamas!”.

La verdad es que la situación me pareció de lo más cómica y pasado el ridículo inicial no pude hacer menos que reírme del asunto con dos o tres dependientes más. Y después comprarme otra, perdón, otro.

Por supuesto informé a mi amigo, al cual le hizo gracia el episodio pero al que no le volví a ver puesta la prenda. Yo por mi parte las/los usé bastante aquel verano (con un par…) y nunca nadie de mi entorno notó nada, o no tuvo valor para preguntar, aunque el diseño era tan peculiar que si no te lo decían no era fácil darse cuenta. Desde entonces cuando surge cuento la divertida anécdota, que por cierto me sirvió para enterarme que el susodicho diseñador sólo hace ropa interior, pijamas y similares. No deja uno de aprender.

Y si, ríanse, pero les cuento todo esto porque el otro día en la tele escuché a un experto en moda comentando que ahora están de moda las camisas y chaquetas en estilo pijama, o incluso los pijamas directamente (por lo que cobrarán una pasta supongo) pero "que él, que es un adelantado y supo de la moda antes que nadie, hace ya meses que no las lleva”.

Total, que mi amigo y yo hemos sido precursores mucho antes que este señor. Si es que el que sabe…, no sabe. Y me refiero a los tres, a mi, a mi amigo y a este señor experto.

5 de febrero de 2009

Un poco de... yo (y II)

Finalizo con este post (¿también se dice así no?) la aproximación a ‘de que va esto’, y a ‘este soy yo’ y así doy por finiquitado este engorroso asunto y en las siguientes entradas intentaré hablar de temas algo más concretos y menos egocéntricos, además de tratar de ser más breve.

De cómo miro
Utilizaré un ejemplo, que copio a un científico, sobre como los niños van generando a toda velocidad sus redes neuronales para tratar de explicar la forma en que me gusta mirar el mundo que me rodea.

Imaginen a un niño de unos dos años sentado en su ‘trona’ junto a la mesa de la cocina de su casa y comiéndose la papilla, mamá ha salido un momento de la estancia y papa está sentado a su lado.

De pronto papá comienza a elevarse suavemente hasta quedar flotando a medio metro del techo. El niño mira a papá y sonríe alegre y excitado a la vez que trata de llamar a mamá intentando expresar algo así como: “¡mira mamá, papá está flotando en el aire!”, su cara expresa sorpresa pero no inquietud y el hecho le regocija pero no le sorprende mucho, y ni mucho menos le asusta, pues en ese momento de su crecimiento su mente no para de aprender un montón de cosas nuevas todos los días, con lo que entiende que, aunque es la primera vez que presencia esto, su pequeño pero ya muy complejo cerebro asume que “también así es el mundo que me rodea y pasan estas cosas…”.

Así es como trato yo de mirar, o como me gusta hacerlo, sin estar cerrado a nada e intentando ver con los ojos de un niño, que, feliz en su inocencia, no deja de aprender.

Es evidente que he obviado la reacción del padre pues si esta fuera de pánico, por ejemplo, condicionaría la reacción de su hijo y sus conexiones neuronales mucho más que el resto del asunto, pero claro, también sabemos que los padres no suelen flotar en las cocinas habitualmente…

Esta forma de mirar el mundo, en la que no entro en más detalles para no extenderme (el resto pueden desarrollarlo ustedes al gusto) fue una constante en mi vida durante muchos, muchos años, hasta que percibí que implicaba una posición de espectador excesiva que condicionaba el innegable hecho de que yo soy uno de los actores de la vida, y de la mía en particular ni más ni menos que el protagonista, así que hube de racionarla y a ratos incluso marginarla en exceso. Hasta que, ahora caigo, es sobre todo esa mirada la que a través de este blog trato de recuperar de forma algo más ordenada, así como, claro está, de los pensamientos previos que a él le dedique.

Todo esto no implica ninguna auto obligación que yo me marque. Pues aunque creo que ya va quedando claro que el tono de este blog pretende ser desenfadado no quiero frenar a la fuerza a ninguno de esos otros ‘yoes’ que habitan en mi y a los que quizá les da cualquier día por ponerse más serios y hasta trascendentes (aunque, eso si, nunca sombríos, espero). Como cuando le da a uno por cambiar la ruta de vuelta a casa, solamente por variar.

Resumiendo la tesis. En esas épocas que mencionaba antes, a menudo comenzaba muchas frases con dos palabras muy concretas, pues bien, así es como, al menos en espíritu, comenzarán las entradas que seguirán a esta, con un “Es curioso…”.

De donde estoy / de como / y de cuando
A pesar de que confieso que no es lo que más me apetece ahora, creo que es inevitable y hasta una cortesía obligada a mis numerosos lectores (ejem…, en el peor de los casos cuatro o cinco de mis familiares y amigos que se dignaran a leer esto) dedicar una breve explicación a mis coordenadas espacio-temporales cuando emprendo este mini proyecto personal que espero que dure un tiempo y el que me he comprometido conmigo mismo a actualizar al menos una vez por semana.

¿Lo del alias ‘Granito’ por qué?, oh bueno, es bastante obvio. 1- Soy un granito de arena en este inmenso mar de ta ta ta y lo que suele seguir. 2- En las cosas que creo de verdad tras mis profundas reflexiones soy un poco cabezota y duro como el idem. Y 3-y sobre todo, dentro de mi hay un pequeñito señor al que gustaría ser aunque sea por un ratito como un pequeño Cary Gran(t)(-ito). Y es que, que tipo, no me lo vayan a negar, que guapo, que pose, que elegancia, que humor, que…, ….no, no soy gay, ¿y si lo fuera qué? ¿algún problema?.

Si, vale, el mundo está en crisis y todo eso, ¿y…?. Años atrás el mundo iba de maravilla (bueno, menos unos 4 mil millones que no tienen ni lavadora…) y a mi no me iba tan bien, o así lo sentía yo. Al fin y al cabo cuando uno lo piensa, al menos yo, la felicidad o infelicidad (el que no crea en esta que la traduzca por alegría o bienestar) depende realmente de unas pocas cosillas en su cercano y pequeño mundo, y donde uno la siente o no es dentro de uno mismo. Pues bien, no soy ningún inconsciente y pondré mi Cary-granito pero que quieren que les diga, ahora mismo declaro y hasta me jacto: el mundo estará en crisis, pero yo no.

Y acabo por fin. Creo que va quedando claro quizá no tanto quién soy, pero si al menos quién no soy.

No soy un blogero experto, no soy un escritor. No tengo una clara y formada opinión sobre todo, ni pretendo nada muy concreto haciendo esto y no estoy seguro de si mis abuelas, esten dónde estén, estarán leyendo esto. Pero hay algo que si sé, que lo que es ser…, ser algo, o sea, como decirlo, esto…, ser, pues… soy.

y…

…aquí estoy.

2 de febrero de 2009

Un poco de... yo (I)

Preámbulo:
Arranco realmente con esta segunda entrada este blog en que la primera no era más que un ensayo para comprobar que de verdad funciona esto y que cualquier tontería que uno escriba puede quedar publicada y lista para ser leída por…¿usted mismo?.

Aviso que esta entrada y la siguiente serán, supongo (que el inconsciente es muy poderoso y va a su aire y vaya usted a saber lo que dice por su cuenta…), una especie de declaración de intenciones y algo de información sobre mi mismo, y aunque en las siguientes intentaré que el “yo” quede diluido e implícito en cualquier cosa que escriba tampoco tendré reparos en que aparezca, que como dijo alguno (creo que Unamuno) “perdonen que hable de mi mismo pero es el ser humano que tengo más a mano” .

Al grano (dijo Granito):
Hace ya siglos, cuando cursaba bachillerato, en un examen de latín en que no tenía ni idea me dio por hacerme el gracioso y escribí al final del mismo algo así como “murituri te salutant, ego te absolvo suspendus homine” (el que quiera que lo corrija, sigo sin saber nada de latín, y conste que no presumo de ello, más bien me avergüenzo) a lo que la muy ingeniosa profesora, que por cierto recuerdo como muy buena docente y mejor persona, me replicó con un enorme cero pelotero y un largo texto a traducir que empezaba y terminaba con dos palabras: “minus ludus”.

Pues bien, esa parte de mi que eligió un contexto tremendamente incorrecto para salir es una de las que pretendo que aquí se vea liberada y a sus anchas, esa mi parte “ludus”, la de divertirse y relajarse sin temores, con el punto frívolo de reírse de uno mismo. Que yo soy de esos que piensa que uno debe tomarse muy en serio la vida pero no tanto a uno mismo y que cuando lo hacemos al revés es cuando deberíamos acordarnos de escenificar –y nunca mejor dicho- eso que propongo arriba a la derecha.

Y es que soy muy consciente de que pertenezco a esa clase privilegiada que está en una parte muy concreta de esta bola que se mueve dando vueltas sobre si misma, y que, al menos hoy por hoy, y hasta hoy, tengo solucionadas mis necesidades primarias, incluidas las emocionales, y que por más que a ratos me monte mi personal “drama” en realidad tengo poco de que quejarme.

Y concreto más. Entre, por ejemplo, la ópera “Tosca” en la que al final de la misma todo parece que va a salir bien pero termina estúpidamente mal, y un vídeo de broma de cámara oculta cualquiera (verbigracia: http://www.break.com/index/absolutely-hilarious-bathroom-mirror-prank.html ) en que todo parece precipitarse para la víctima hacia la catástrofe pero que finalmente acaba amablemente bien, creo que mi vida en realidad se parece mucho más al segundo caso, por mucho que a veces me empeñe, cada vez más brevemente, en lo contrario. Y esto es así bien porque es así o bien porque de esa forma lo quiero ver, aunque eso en realidad es lo de menos, lo importante es como lo siento yo al final (...de mis sesudos autoanálisis, podría añadir).

Y a lo dicho en el párrafo anterior solo agregaría un par de cosas. Primero que eso de que las cosas terminen ya sabemos que es una forma de hablar, que hombre..., terminar terminar…, ya sabemos donde, en todo caso, termina todo realmente. Y segundo, que -y seguramente alguno estará de acuerdo conmigo- la verdad es que el final de Tosca es casi (o sin casi) tan cómico como el de muchos de esos vídeos, entre otras cosas porque es ficción…

Y acabando ya, algunas de mis mini-conclusiones en esta mi vida, siempre provisionales y en permanente revisión, son que cuando uno bucea en el alma (o la psique, o como quieran llamarlo) de uno mismo o de cualquier otro va averiguando que las cosas realmente importantes son comunes a todos los seres humanos y suenan todas muy obvias. Una de ellas es que en realidad todos somos unos inseguros de tomo y lomo y que solemos hacer el tonto más a menudo de lo que creemos, casi siempre cuando menos creemos estar haciéndolo.

Y que quieren que les diga…, a mi eso me hace mucha gracia.

1 de febrero de 2009

Empezando esto

Esta es la primera entrada de un blog que no tiene más objetivo que...


...???


...pues, mmm..., creo que no estoy del todo seguro, supongo que lo mismo que la mayoría de los blogs, unos cuántos motivos empezando por los de: estoy aquí / esto pienso / esto digo / esto suelto / si quereis opinad... / etc... / etc...


Por cierto, adoro los puntos suspensivos y abusar de ellos, ¿...se nota mucho?...


...


Y..., esto.... (dando golpecitos al micro) probando probando uno-dos uno-dos ¡¿me se oye..., me se oye?! ¿me se nota nervioso...?


Por la presente entrada queda inaugurado .... esto, este blog.


¡Hala, ya está!, en la siguiente iré al grano, y nunca mejor dicho...