22 de septiembre de 2009

16 de septiembre de 2009

Un hombre y una mujer

Un hombre y una mujer deambulan una tarde de un caluroso junio por un centro comercial, o quizá sea un planetario o un museo de la ciencia, de esos que están tan de moda. Ella va delante, arrastrando los pies y mirando a todos lados como si realmente le interesara lo que ve, él zigzaguea detrás sin criterio, haciendo fotos y videos a todo lo que ve, sin disimular mucho que parece más niño que un niño mismo con su cámara nueva. Ninguno de los dos sabe aquella tarde, al menos no conscientemente, que un mes más tarde su antaño hermosa relación terminará para siempre de una forma abrupta y dolorosa.

Si lo sabe el hombre que años más tarde, buscando la foto de un perro tan muerto e incinerado como esa historia de amor, descubre un vídeo y unas fotos de aquella tarde en que jugaba con la cámara. Unas imágenes que ya había visto pero que no había mirado bien.

Y es ahora cuando ve a través de las fotos cómo en un momento dado ella se adelanta a él y se queda un rato ensimismada mirando fuera por un gran ventanal mientras él toma fotos de todo lo que le rodea, incluida ella. Y es ahora cuando el hombre observa detenidamente un vídeo en el que tras su ensimismamiento la mujer baja unas escaleras mecánicas, y tras ella él unos peldaños más atrás, grabando la espalda inmóvil de ella, tras la que se adivinan los brazos cruzados y la cabeza baja. Y es ahora, y quizá no entonces, cuando el hombre percibe un movimiento del brazo izquierdo hacia sus mejillas, bajo sus ojos, un movimiento que sólo sirve para recoger lágrimas. Y tras este, otro movimiento en que ella gira levemente la cabeza adivinando la presencia del hombre detrás y recomponiendo la figura.

Aquel hombre que graba, no el que ahora observa las imágenes, pues son hombres distintos aunque parezcan el mismo, aparta entonces bruscamente la cámara, como si hubiera violado un momento íntimo, y enfoca absurdamente durante demasiados segundos el enorme cartel de un científico con la barba blanca y la nariz puntiaguda, hasta que detiene la grabación.

El hombre contempla de nuevo las imágenes y el vídeo durante un rato y un recuerdo fresco, de esos que uno cree olvidado, como cuando un olor preciso te trae un momento concreto de la niñez, aflora a su mente y sobre todo a su corazón, y una vieja tristeza le arrastra hasta otra igualmente vieja duda; “¿y si la hubiera abrazado fuerte?, ¿y si en ese preciso momento la hubiera hecho sentir cuánto la quería?”, se dice a si mismo, quizá las dudas de ambos, todos esos desencuentros, y especialmente todo aquello que se ocultaban el uno al otro por miedo a no ser comprendidos hubiera salido a la luz de esa tarde de junio y…

Luego el hombre continúa reflexionando y cae en la cuenta de que torturarse con preguntas así no tiene ningún sentido, aunque un aparentemente prosaico vídeo haya resultado ser tan premonitorio e incluso explícitamente descriptivo de la triste situación en que ya vivían. Hubiera pasado lo mismo, el final habría llegado igualmente. Así se consuela hasta que de nuevo un nudo le atenaza por dentro, “y que importa que hubiera ocurrido lo mismo, por supuesto que eso era lo más probable, lo que ahora me entristece es que me duele tomar conciencia de que ella estaba sufriendo en ese momento, haber sido testigo, haberlo grabado incluso, y no haber hecho nada por quien más quería en el mundo para mitigar su dolor, eso es lo más duro, ¿es que acaso no me importaba?, ¿tan ciego y necio estaba yo enrocado en mis motivos y miedos?”.

El hombre, que ahora flota en un aire de melancolía, deja de buscar la foto del perro y continúa mirando rutinariamente las imágenes de aquel día, quizá buscando algo que no espera encontrar, algo que también está ahí, esperándole.

Es otro breve vídeo posterior al anterior, esta vez fuera del recinto, junto a un lago artificial lleno hasta los topes de agua y de transparente nada. De nuevo él graba los alrededores girando alrededor de ella, que, sentada en un banco le mira un momento aburrida con los ojos llenos de tristeza. Él sigue grabando hasta situarse detrás, y tras pasear el objetivo de abajo a arriba por la espalda de ella gira bruscamente la cámara hacia su propio rostro y sonriendo lanza secretamente un beso al aire mientras la mira, para después musitar en un susurro, de forma que sólo la cámara lo recoja, un expresivo “te quiero”, luego vuelve a enfocarla y termina la grabación.

El sorprendido hombre que ahora ve el vídeo se sonroja de lo infantil del gesto de aquel otro hombre, que ahora si, es el mismo que hoy se enternece de aquel gesto, “claro que la quería, y estaba ciegamente confiado en que todo se arreglaría, supongo que por eso grabé ese otro vídeo, para mostrarselo después, pero en ese momento ya había entre nosotros un muro que ni el mejor alpinista lograría escalar”. Eso piensa el hombre, la quería, y está seguro que también ella le quería a él, pero por lo visto a veces eso no es suficiente, a veces.


El hombre retoma la búsqueda de la foto de la mascota, al fin y al cabo hay cosas que sólo están muertas del todo si uno quiere que lo estén, y resucitarlas por un rato, a veces queriendo, a veces sin querer, no tiene por qué ser tan malo.