5 de abril de 2016

Hay veces

Hay veces en que salgo tarde del trabajo, no porque estuviera trabajando sino porque antes de apagar el ordenador leo lo que vaya saliendo en la pantalla, sin mucho interés primero, pero mucho más atento después, del primer “ya me voy” al último “¿por qué no me he ido?”, de la primera deriva al último poema, a la última canción.

Y luego salgo a la calle y comienzo a andar, despacio, como si cada paso me costara, como si cada pie pesará cinco kilos, y… es raro, no sé que siento, no se siquiera que pienso, solo al ver el granito de la acera que se ha empapado durante horas caigo en que he olvidado el paraguas, hoy ha llovido, mucho, el  granito de mi barrio está empapado, ya no llueve, creo.


Y hay veces en que andando voy queriendo saber lo que siento, y cuánto más pienso más siento, pero menos comprendo. Y una extraña y nueva pero muy conocida melancolía me atrapa.

Y hay veces en que entro en esa decadente galería comercial, junto a la que paso todos los días, que tanto frecuenté en mi infancia y que hace años que no piso. Y la recorro despacio, está igual que hace años, hasta los nuevos comercios –de los pocos que no están cerrados- parecen llevar allí cuarenta años. Y hay veces que llego al final de la galería, la que da a la pequeña y modesta calle de atrás, y estoy a punto de salir a ella, pero algo me detiene; un hombre está fuera, de espaldas a mí, sentado en las escaleras de acceso, lleva un gorro de lana y tiene a su lado una mochila, su postura es de profundo desamparo, …o eso proyecto yo en él.


Debo salir, como siempre en esta circunstancia, odio no ver la cara de cualquiera que me haya llamado la atención, no hacerlo es deshumanizarlo, no “ponerle” cara es matarlo un poco, y como humano que soy matarme a mi otro poco por tanto, debo salir y mirarle discretamente. Pero no lo hago, quizá al sentirme tan identificado me aterra ver mi cara en la suya, y no quiero hacerlo para asegurarme de que no es mi cara y quedarme tranquilo, pues entonces no se trataría de mirarle “a él”, sino a mi mismo, y por supuesto que él no es yo -dejemos a Poe y/o a Lovecraft para otro día-, lo se de sobra, es simplemente que aunque él no vaya a saberlo nunca no me parece bien utilizarle para mi jueguecito de caras y espejos. Freno por tanto a la fuerza mi curiosidad.

Me limito a hacer una foto en la que apenas se le ve, pues justo en ese momento he decidido escribir esto, quizá porque hace mucho que no escribo, una tonta disculpa más, o quizá para soltar lo que sea que “no se” que siento, no lo tengo claro, nada está claro esta noche, ni siquiera la luna, que tampoco hoy muestra su cara apenas.

Y es que… no es verdad que hay veces que…, no “hay veces”, al menos hoy, en este mundo, en este universo sólo hay un “ahora”, un “hace un rato”, ese en el que…, creo que ya voy sabiéndolo, me siento un poco como la luna, tan cerca y observada, pero tan sola, enorme y oronda como nunca. Solo así hoy, sólo ahora.

Vuelvo a casa. Mañana trataré de pasar de nuevo a ver si está el hombre, soy ruin al pensar que ojalá, ¡ojalá!, sea un mendigo de los que frecuentan el barrio y poder verle la cara, y si no es así mejor para él, quizá el mendigo soy yo, como la luna, que mendiga luz y después se oculta por pura timidez.
     
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P.D. (al día siguiente): Estaba. He vuelto por atrás a la galería y ahí estaba, casi en el mismo sitio, apenas unos escalones mas abajo, muy concentrado con algo en las manos, como si hiciera ganchillo, le he visto la cara muy fugazmente, unos 45-50 años, barba pelirroja, no mendiga, simplemente está ahí.





4 de marzo de 2015

Una esquina

Una esquina cualquiera de una ciudad cualquiera, pongamos Santa Isabel esquina Tres Peces, pongamos que hablo de Antón Martín.

Tío, dame algo para comer.
Un chico joven y regordete, vaqueros y sudadera gris, no tiene mala pinta, podría ser un vecino del barrio, me pienso los bolsillos –y me los tanteo también- y enseguida recuerdo que justo voy al cajero porque no tengo nada, ni una sola moneda, ni para el metro.
    Pues no tengo un duro, lo siento…
Instantáneamente me vuelvo invisible para  él, ya no existo, se gira hacia otra persona y repite; “tío, dame algo para comer”.

Me molesta su actitud, mucho, y se lo digo cuando la otra persona le ignora.
 
     Oye disculpa, pero podías tener educación…
-      ¿Eh?
-     Que digo que al menos al menos podías no ignorarme de esa manera cuando te he dicho que no llevo nada, a lo mejor darme las gracias por intentarlo y mirarme los bolsillos y prestarte atención, si hubiera tenido algo quizá te lo hubiera dado pero justo voy al cajero porque…
-    Vale vale tío, pues gracias por nada.
-    …
Pasa una chica.
-    Tía, dame algo para comer.
Le da una moneda, la mira -la moneda- con desprecio,  no da las gracias, no dice nada.
-     Yo lo que te quería decir, lo que te quiero decir –me pongo nervioso, manda huevos- es que podías tener un poco más de ed…
 
-    Que si que vale tronco, que me dejes en paz…
Mis nervios se transforman en mala hostia, me alejo cuatro pasos…, dejo pasar unos segundos para recomponerme. Vuelvo hacia él, ando despacio, muy despacio, en plan chulo, levanto una ceja, como un entrenador de fútbol…
-      Vamos a ver colega, si yo lo digo por ti.
 
-      ¿Eh?, pero me quieres dejar en paz ya tío plasta…
 
-       Vamos a ver tontolculo, si yo lo digo por ti…
 
-       …
 
-     Yo puedo creer que necesitas el dinero o no, pero tú no debes dejar dudas, si te dedicas a esto tienes que ser buen actor colega. 
 
-     ¿Pero de qué vas…?
 
-     Pues voy de que no me voy a separar de ti hasta que me escuches, voy de que no te voy a dar un duro, y es acojonante que posiblemente lo hubiera hecho de haberlo tenido, pero ahora voy de que te voy a dar mucho más, te voy a dar una lección, y si quieres aprendes de ella, o si no quieres no, pero yo me voy a dar el gusto de enseñártela…
Me da la espalda, baja la calle, apenas le sigo, levanto la voz y grito lo primero que se me ocurre.
-    ¡Que no te vuelva a ver por aquí!
Tras unos segundos... me da pena, me doy pena. Uno más él, uno menos yo..., o al revés.

31 de mayo de 2013

¡Oh vamos… venga ya!

“Faltaba apenas un año y medio para que el hombre hollara la luna, allá por 1969, y dos personas, de esas como usted y como yo, muy occidentales ellas y que se amaban la una a la otra, no podían hacerlo dónde y cómo querían porque las leyes se lo prohibían…”

Algo así como esto captaron mis oídos fastidiándome la tranquila siesta de un adormecido domingo, ese en que nuestro tenista resucitado acababa de ganar otro mil-torneo, cuando se supone que a esas horas la tele está para amodorrarte cariññiioosamente…, no para despertarte la conciencia con semejante información.

El televisivo documento explicaba como aquella pareja –blanco, rudo, semi-irlandés él; medio negra, medio india ella- no había tenido otro remedio que trasladarse de estado dentro de los EEUU pues las leyes de Virginia –y aún en otros 15 estados- prohibían las parejas interraciales, no así en el “avanzado” estado de Washington, donde si se les permitía cohabitar, todo ello un par de años antes de que Armstrong diera el pasito de marras en nombre de todos los humanoides. Tan delante, tan detrás…

Así que el reportaje incide -e insiste again & again- a través de unas imágenes grabadas “como por casualidad” en la gran labor de los jóvenes y exitosos abogados que los defendieron, y en su dura lucha de años, hasta llegar al tribunal supremo para que fueran reconocidos sus muy evidentes  derechos a con-vivir dónde quisieran, por ejemplo allá en el estado de Virginia, dónde tenían cerca a sus familias.

Pero..., no es ese triunfalista & american & moraloide discurso el que me despierta del todo de mi sesteo, sino unas aparentemente imágenes meramente documentales…

Son las fugaces imágenes de ELLOS, las de él y las de ella, juntos, casi siempre, y por separado –casi nunca- en que se percibe claramente como ese sobrio y rudo rubio de ojos azules y esa dulce mestiza de suave tez se amaban, de forma callada, él apenas habla, ella sólo si le obligan, y haciéndolo  de forma firme y concisa…

Esos dos que…, evidentemente… SE AMABAN.


Si, se amaban, seguro, pero hubiera dado igual que ambos fueran de Villabotijos, o uno de Marte y la otra de la galaxia de Andrómeda. Se amaban porque se amaban, de esa serena y tranquila manera en que se ama porque si, que es la mejor manera de amar, la de elegir lo que se ama, o de amar lo que se elige, ellos sabrían, …o sabrán…

Eso, y sobre todo eso es lo que me despertó, esas imágenes de dos personas que compartían todo, especialmente su mutuo amor, como si fuera lo más natural del mundo.

Estaba, estoy aún, estupefacto…

Y el remate final, el bofetón-despertá -a lo mascletá valenciana- fué el siguiente: ¿cómo se llamaba esa pareja…? … ¿Mr & Mrs…?

Mr & Mrs LOVING.

¡Oh vamos…  venga ya!

Pensé, sentí...

13 de mayo de 2011

Chico de (centro) ciudad

Eran sus doce o catorce años los que le cogían desprevenido, despertándole al mundo en una azotea de la calle corazón del corazón de la ciudad, ¿es posible estar más sólo que en la cresta de un edificio aprisionado entre edificios, con miles de personas y vehículos circulando como hormigas allá abajo?. Eran las horas consumidas en interminables reflexiones en aquella enorme y desolada azotea, junto a un cuarto de ascensores que no hacía sino subrayar con los sonidos de su maquinaria las subidas y bajadas emocionales de aquel chico que tenía tanta fe en el universo entero como miedo a enfrentarse a él.


Tras subir al torreón de aquella azotea –la azotea de la azotea- por unos precarios escalones oxidados y tras sortear un engorroso bosque de antenas y los vientos de sujeción de éstas se sentaba en una zona despejada, pero eso si, permanentemente acechado por dos patios de luces repletos de ventanas y rematados a la inversa, en su planta inferior, nueve más abajo, por un lucernario de cristal en forma de pirámide que coronaba el suntuoso portal, aquel por dónde circulaban constantemente amas de casa, oficinistas, turistas, y muy rara vez algún chico de doce o catorce años. De sus pies, o sus rodillas -cuando se sentaba- al abismo de uno de esos patios apenas le separaban 20 centímetros de un murete rematado con baldosas catalanas, casi todas rotas, ninguna limpia del hollín de las calderas de carbón, sólo esos 20 centímetros, ninguna barandilla, muchos años después la habrá, cuando ningún chico de doce o catorce años la necesite.


Miraba él -y sus doce o catorce años- hacia abajo, porque con suerte alguna chica alojada en el hostal de tres plantas más abajo habría dejado la ventana del baño abierta al salir de la ducha y el podría disfrutar las vistas, pero aquello casi nunca pasaba, lo que si ocurría es que el aburrimiento le hacía levantar la cabeza hacía la parte trasera del edificio, tan opuesta a los neones de la calle principal, pues aquel inmenso mar de inmóviles y desiertos tejados le relajaba la mirada y la mente sin que él mismo fuera consciente de ello.


Y era en ese momento cuando sin apenas darse cuenta desarrollaba todas aquellas ideas tan puras, tan perfectas, cuando aquel cerebro virgen optimizaba al máximo todas las conexiones neuronales generadas en sus doce o catorce años de vida, cuando tras unos pocos minutos o algunas horas de pronto surgía aquella idea luminosa que le hacía comprender el sentido del laberinto racional que le había hecho cavilar tanto. A veces era la reacción extraña e incomprensible de un familiar o un amigo, otras un pensamiento leído a un filósofo y muchas otras la confirmación teórica de un ideal romántico. Y era justo en ese momento cuando sin apenas darse cuenta aquella sensación que le llenaba de enorme júbilo le hacía levantarse repleto de alegría de un salto.

Como aquella tarde, en que tras levantarse como tantas otras veces, se puso a continuación a bailar de puro contento, emulando esos pasitos de claqué que veía en las películas, como cuando Gene Kelly se agarraba para girar en torno a una…¿antena…?, no, Gene Kelly no se agarraba a una antena, sino a una farola a ras de suelo, y aquel chico acababa de sujetarse a una frágil antena de la azotea de una azotea, al borde de un patio de luces de 30 metros de altura.


“Le recogieron del mismo centro del lucernario en pirámide, justo en el pico más alto”, eso contaría el periódico, o morbosamente la portera, si no hubiera conseguido agarrarse a esa otra antena justo en el último momento. Exactamente eso es lo que pensaba mientras escuchaba cabeza abajo como golpeaban ruidosamente contra el lucernario, nueve plantas más abajo, las monedas que hasta hace un momento dormían en el bolsillo de su camisa, a la vez que poco a poco, lentamente, deslizaba las manos hacia atrás a lo largo de los soportes metálicos que le habían salvado la vida.


Ya a salvo, durante un buen rato no fue capaz de moverse ni de tranquilizar sus temblorosas piernas, pero poco a poco se sosegó e incluso le embargó una extraña risa nerviosa. Finalmente se levantó despacio y tras echar una última ojeada a la aún cerrada ventana del baño del hostal bajó a cenar. Al entrar a casa la risa residual que aún le quedaba se le cortó en seco al escuchar las protestas de sus padres y los vecinos porque no se veía la tele...

27 de abril de 2011

No es eso..., es eso.

No..., no es tu dolor lo que me conmueve, ni esa mirada que a ratos se pierde en la baldosa, no es tu grito contenido, controlado, ni tu racionalidad desbordada. No es tu pena de rabia disfrazada lo que en ti me atrapa, ni siquiera la esforzada alegría repleta de entregada empatía, ni los ojos que suplican respuestas que llenen el vacío de los días.

Es tu porte, tu gallardía, la postura que se encoge y demuestra firmeza y rebeldía ante todo lo que ansías, ...y tus manos..., y esa boca chiquitita, y los labios alargados en palabras de ternura, ¡o la mata de tu pelo! con mil formas de perderse entre tus hombros. Y esa uña que mareas entre dientes bondadosos, y esa mano que sostiene la mirada inquisitiva y se pierde insegura entre muslos apretados.


No es el miedo que traiciona tus carencias de aquel día, de esas noches tan lejanas, tan tardías..., ni la espera contenida del que sabe que "te quiero" sólo vale si está anclado en la certeza del que entrega las verdades más sinceras.

¡Si! es tu alma, ¡tu sonrisa!, los hoyuelos de mofletes cuando reconfortas al que guías. Y tu entrega desmedida a las causas más pérdidas, y esa frente bien barrida en flequillo persistente..., en hacer de la belleza la mejor demostración de que nada te contiene, ni tu misma..., con tu voz..., que me envuelve y que templa mi osadía en besarte cada día.

Y esos picos que regalas, y la forma en que me miras, cuando sabe tu mirada que soy yo el que la espío, la entretela de tus sueños..., y tu pelo recogido, la diadema de tus gafas, y la forma de tus cejas que hormiguean comedidas.

Es la historia de tu vida, la llaneza en que te asientas, la bondad que me arrebata, la maldad tan bien fingida y la vida que destilas, que me trago y me emborracha. Es la forma en que te admiro y lo fácil que es quererte, tus palabras muy medidas que acarician con ternura, que suavizan las verdades que se enquistan en derrotas, el encaje de la tela en que vistes de armonía, la más noble de tus iras.

Es... la pasión que en mi despiertas, esa música que suena, cada vez que me tanteas, cada vez que me averigüas, y que sueño que soy tuyo, que te tengo entre mis brazos, que me tienes.... vida mía.

4 de febrero de 2011

Cualquier cosa, cualquier día

Nunca he soportado muy bien a los que empiezan una frase con “no soporto”, de hecho ni siquiera he sido capaz de empezar esta misma frase que escribo con esa expresión, precisamente para no parecerme a ellos, pero creo que he de armarme de valor y dejar de comportarme como un remilgado.

No soporto a los que hablan en el cine, y creo que sería más exacto si digo que ¡¡no los soporto!!. Aunque en realidad eso lo he sabido siempre, lo cierto es que si ahora mismo estoy escribiendo esto es porque hoy he descubierto cual es el verdadero motivo de que me guste ir al cine solo –sin compañía- y en días de labor. Hasta ahora pensaba que era porque soy un tipo raro y maniático, porque ir al cine solo y a salas casi desiertas es lo que hice montones de veces entre los once y los dieciseís años en la Gran Vía madrileña y aledaños, dónde vivía, y suponía un hábito demasiado sabroso para modificarlo.


Y resulta que no, resulta que en realidad hoy, al salir del cine hace apenas media hora he caído en la cuenta de que es sencillamente porque no soporto que la gente hable en el cine, y si el cine está atestado de gente no puedo cambiarme de sitio cuando un merluzo o una merluza se dedica a comentar la película con su acompañante o acompañantes, de forma que o me aguanto y me fastidian definitivamente la película o me giro -normalmente están detrás- y les pregunto si “¿están en el salón de su casa o en un cine público?” con lo que se callen después o no me quedo igualmente enojado por lo violento de la situación y… me fastidian definitivamente la película. Por lo tanto, y hasta hoy no me he dado cuenta, ¿cuando están los cines llenos? los fines de semana, ¿y cuando suele ir uno acompañado?, los fines de semana, ahí está la respuesta, voy al cine solo y en días de labor porque es cuando se cumplen los requisitos que yo ¿y mis manías? exijen, porque ya desde hace mucho cuando alguien habla en el cine me levanto y me cambio unas cuatro o cinco filas delante o detrás, y si doy con otra parejita de merluzos repito la operación. Si a todo esto añado que soy de los que van al cine cualquier día decidiéndolo media hora antes y que a pesar de ser asiduo lector de críticas cinematográficas, en muchos casos entro al cine conociendo apenas el título, pues muchas de las mejores sorpresas me las he llevado así, igual que con los libros, muchos de los mejores que he leído los he cogido prácticamente al azar de la estantería de una librería...



Lo he vuelto a hacer, y ahora voy a tardar un poco en explicarme, aviso, el que siga estas divagaciones que se arme de paciencia.

Cuando he salido del cine hace un rato he tomado una pequeña decisión, a pesar de que hacía mucho que no pensaba en ello he decidido hacer una nueva entrada en este blog, mi blog personal (es lo que más me gusta, que es personal, lo de “blog” creo que aún sigo sin saber qué es exactamente) y que apenas tiene una veintena de entradas desde que lo abrí hace ya dos años, y llevado supongo a que me siento mal al llevar ya otros tantos meses sin actualizarlo he tomado la decisión de ir contra mi mismo y hacer algo que es poco menos que un sacrilegio para mi, lo que estoy haciendo o tratando de hacer ahora mismo, escribir cualquier cosa, la primera que se me ocurra y colgarla sin más, aunque sea algo absurdo, aburrido, mal redactado y que no interese a nadie, ni siquiera a mi mismo, algo sin mucho sentido…

Pero he vuelto a hacerlo, y trataré de explicarme, especialmente a mi mismo. A lo que me refería dos párrafos más arriba al decir que lo he vuelto a hacer es a que estoy tratando de darle sentido, de llegar a algún sitio. Y lo sé porque mientras caminaba hacia casa tras salir del cine y e iba pensando que escribiría la primera tontería que estuviera pensando, por ejemplo sobre los merluzos charlatanes del cine, no he podido evitar buscar un título para la entrada y me parecía que el adecuado era “Cualquier cosa”, y un momento después me he preguntado si de verdad me apetecía escribir, a lo que me he respondido que no mucho, que si había tenido el impulso de hacerlo era probablemente por algo que me había ocurrido o que había visto en la película pero que lo más probable es que se me pasaría, como casi siempre que tengo una idea que me parece interesante para una entrada, que espero a que se me pasen las ganas y/o a que me parezca una tontería. Pero algo en mi ha podido más, y supongo que es el deseo de que este blog no se muera, como otros muchos que veo muertos desde hace muchos meses o años, y que permanecen ahí para que solitarios persistentes como yo los visitemos y constatemos su aspecto de zombies de la red.

Y entonces he pensado que escribiría incluso aunque hoy no me apeteciera hacerlo, así que el título se ha transformado en mi mente en un “Cualquier cosa, cualquier día” y más o menos para entonces estaba ya escribiendo y poco después lo he vuelto a hacer, he vuelto a traicionar la idea inicial y a tratar de darle sentido alo que escribía, a guiarme a mi mismo para que lo que escrito fuera algo más interesante, algo que justificara un título que al fin y al cabo no está mal, por ejemplo desarrollar mi experiencia personal con el cine y ese “Cualquier día, cualquier cosa” ya estaba transformándose en la forma tan bohemia y solitaria de ser cinéfilo que tengo, ya estaba adaptando la sincera y simple idea inicial a la expectativa que tengo de mi mismo y de lo que escribo, quizá nada especialmente brillante pero sin con un mínimo de calidad y sobre todo, de sentido.

Aunque ahora parece que he reconducido este impulso de manipularme a mi mismo, especialmente porque entre el párrafo anterior y este han pasado un par de minutos de no escribir nada y mirar al ratón del ordenador como si lo viera por primera vez en mi vida. Y es ahora cuando puedo ser sincero con el ocasional lector y conmigo mismo. Si estoy escribiendo esto es porque “algo” en la película me ha afectado y hasta hace un momento no he sabido reconocerlo, hasta que no he mirado el ratón, hace un momento.
La película se llama “¿Cómo saber si…?” –he tenido que mirar la entrada para acordarme- y supongo que la he escogido porque uno de los actores es Jack Nicholson y porque ponía algo así como “del director de Mejor Imposible”. Al salir he pensado que para ser una comedia romántica no está mal, especialmente vistas la mayoría de comedias románticas actuales, pero que no llegaba al nivel de “Mejor Imposible”, con lo que no entendía que era lo que había removido en mi interior para desembocar en ese repentino deseo de escribir una entrada en el blog.

Pensaba que quizá era la rabia que me ha dado comprar la entrada dos veces, y es que he comprado la entrada media hora antes y me he dedicado a pasear cerca del cine haciendo algunas llamadas y después a sentarme a observar transeúntes como hago siempre, y durante ese rato mi parte neurótica ha sacado la entrada del bolsillo un par de veces para comprobar que la tenía, pero cuando he ido a entrar al cine ya con el tiempo justo no la encontraba por ninguna parte, en ningún bolsillo, así que no me ha quedado más remedio que poner cara de tonto delante del señor de la puerta y retroceder mientras seguía rebuscando los bolsillos e ir a sacar otra entrada. Al salir después de ver la película y tras dar apenas unos pasos en la calle he visto una entrada entera, sin que nadie la hubiera utilizado, de la misma película de la que salía. Era obvio que era la mía, mi primera entrada, y que se me había caído mientras rebuscaba nervioso. No me ha quedado más remedio que sonreír y cabecear llamándome estúpido para mis adentros...

Y ha sido justo en ese momento cuando he comenzado a pensar en escribir esto. Pero es sólo ahora mismo, cuando escribo esto cuando caigo en la cuenta de que en un momento de la película el personaje secundario que interpreta Jack Nicholson le dice al hijo al que lleva toda la vida fallando algo así como “no quiero manipularte, es más, creo que al decirte todo esto sigo tratando de manipularte pero…”, y pienso yo que que para manipular a su hijo antes debe manipularse a si mismo, y que su hábito es tan fuerte que incluso cuando no quiere hacerlo lo hace, pero sabe que lo hace, y saberlo le honra, y mucho.

De hecho ahora me doy cuenta de que la película, aunque sólo sea por esa parte de la historia y como se desarrolla después, no lo voy a destripar aquí, es una buena película, no me importa en absoluto haber pagado dos veces por verla. Y finalmente, si esta entrada tiene algún sentido o no son más que divagaciones -cualquier cosa escrita, cualquier día- lo cierto es que no me importa ya mucho, ya lo decidiré otro día que lo relea, o no, quizá en realidad eso no importa, quizá si me exijo una respuesta no esté haciendo otra cosa que manipularme. En cualquier caso no voy a permitir que este blog se muera, y con él una parte de mi, aunque lo actualice cada cuatro meses, con cualquier cosa, cualquier día.

8 de octubre de 2010

Respirar


- Y luego el lunes me llamó para que quedáramos a comer, oye que bonitos esos pendientes, mi madre tiene unos muy parecidos.

Laura escucha con falsa atención, ya sabe desde hace mucho que a Gloria con seguirle los gestos y replicárselos cada veinte o treinta segundos es suficiente para que no se percate de lo poco que le interesa la conversación, pero se resigna con una mezcla de aburrimiento y hastío, como quién oye por la radio un detallado informe de tráfico para un soleado puente en el que no tiene posibilidad de viajar, aunque desee hacerlo más que nunca.

- Y la verdad es que el martes me venía fatal porque ese día quería salir pronto para llevar a Rubén al dentista, y no se por qué chica pero siempre que como con ella se me enrolla y nos dan las cuatro, luego va mi jefe y me la monta y me tengo que quedar por la tarde para compensar. Pero a lo que iba, que por lo visto Rafa el fin de semana ha pasado de todo con la excusa de llevar al niño al torneo de tenis del club y Yolanda está que se sube por las paredes.

“Si, seguro que es Yolanda la que se enrolla y no tú, ¡loro!” piensa Laura. Y encima es viernes y Gloria –que ni ha mirado la carta- tiene jornada intensiva, con lo que no se le puede apremiar con la excusa de que su jefe no se enfade, pero de eso hay que acordarse para otros días, que ese argumento no tiene mucho contraataque. Y el camarero ni les mira todavía.

- ¿Qué vas a comer? – consigue meter con calzador en la perorata de Gloria.

- Ah, cualquier cosa porque esta mañana me he puesto hasta arriba en la despedida del chaval aquel guapísimo del que te hable, que por cierto pobrecillo, no le renuevan y encima se gasta una pasta en sándwiches y pasteles, y el otro día me contó que su novia está en el paro desde febrero, menudo panorama. Pero en fin hija, para mi una alegría menos que echarse a la vista.

De eso se alimenta Laura, no de sándwiches y pasteles como su interlocutora, sino de echarse esas pequeñas y miserables alegrías a la vista cuando quedan todos en el club– y cada vez menos a menudo- o en las esporádicas veces que queda a solas con Yolanda y Rafa por aquello de que Martín es su ahijado, que ya podía haber sido una niña, al menos sería más fácil para el tema de los regalos. Están todos tan ocupados con tanto crío, y eso que en este país la natalidad es baja, se ve que los pocos autóctonos que procrean son socios del club de tenis Altabella. Si al menos hubiera tenido uno –mejor una, una niña- con Miguel Ángel, o incluso antes con Paco, que a punto estuvieron una vez, ahora tendría trece o catorce años…

- Yo le dije a Yolanda un poco lo de siempre; que fuera a lo suyo y que hoy día todos los matrimonios…, ¡uy chica que antiguo ha sonado eso!, pues eso, que todas las parejas tienen sus ciclos y sus crisis y que antes del verano Fernando y yo también estuvimos fatal, bueno tú ya lo sabes, si es que además es la verdad, estuvimos casi tres meses sin tocarnos en la cama ni con el culo y hasta varias noches fingí quedarme dormida con Nereita después de acostarla para descansar un rato de verle el careto. Pero bueno que ahora estamos muy bien y eso…, si es que en la convivencia hay que negociar mucho. Mira, eso que te quitas tú, que haces lo que te da la gana sin tener que aguantar a nadie que está más casado con el fútbol o con el tenis que contigo. Pero bueno, que en realidad yo lo de Yolanda y Rafa lo veo muy crudo eh, porque ya va para largo que le monta escenitas en público a Rafa en el club y esto que quieres que te diga chica, que ya me huele muy mal.

Si, huele mal, huele mal como siempre, pero nunca pasa nada. Total Laura ya cree que no tiene ni olfato, en realidad desde hace un par de años en que superó su segundo gran fracaso sentimental ni huele ni siente ni padece y a veces le parece que ni siquiera respira, pero la metáfora no sería esa de estar “como un zombi” sino que desde que leyó aquel libro del “perro de medianoche” o algo así decidió que era más bien como una autista como vivía. Una autista bien entrenada para disimular que lo es. Las emociones pasan por ella de dentro a fuera y a la inversa sin que ella las perciba, sin que le afecten realmente, y si tenemos en cuenta que las emociones siempre habían sido para Laura como el aire es como si no respirara. Si no fuera por esas migajas de oxígeno esporádicas en realidad estaría muerta por dentro.

- Pues voy a tomar los pimientos rellenos que aquí los hacen muy ricos, Fernando los intento imitar una vez y le salieron horrorosos pero no le dije nada que para una vez que se mete en la cocina…

Migajas de oxígeno, de agotadas ilusiones, en eso y en una sucesión de insulsas situaciones como esta aburrida comida se ha convertido su vida. Y pensar que hubo un tiempo hace apenas tres años en que se creía tan feliz, en que respiraba a pleno pulmón, y quizá fue bastante dichosa hasta ese maldito día en que Miguel Ángel le soltó de golpe lo de la monitora del gimnasio. No era feliz, lo sabía porque en la última época cuando se encontraba a solas en aquella enorme cama, cada vez que Miguel Ángel se iba en uno de sus viajes de trabajo su mente se “distraía” demasiado con fantasías en las que no aparecía Miguel Ángel sino aquel otro que la comprendía mejor y que de pronto, quién lo iba a decir, resultaba tan increíblemente atractivo. Ese mismo “otro” que aún hoy continuaba alimentando sus pulmones sin siquiera saberlo él mismo, cuando lo contempaba a hurtadillas mientras él -o ella- no se daban cuenta, y de esa manera -quizá infame, pero también sabrosa- obtenía esos pequeños momentos en que de nuevo podía respirar oxígeno y sentirse un poco viva, como cuando de niña se metía bajo el embozo de la cama hasta que el aire se viciaba y entonces sacaba la cabeza fuera de la sábana y respirar…¡”sabía” tan bien!.

- Pues lo que te decía, yo no le quise decir nada pero aunque siempre están igual esta vez me dejó preocupada…

Del hecho de estar enamorada de Rafa es muy consciente ahora, demasiado quizá, pero hacía ya un tiempo que había caído en la cuenta que era muy probable que lo estuviera mucho antes de lo que ella misma pensaba, puede que incluso desde antes de conocer a Miguel Angel, quizá en aquella loca fase después de la ruptura con Paco, esa turbia época en que pasaban tantos por su vida y se jactaba divertida de sus pasajeras conquistas en el club y lo contaba todo con premeditada transparencia, cuando siempre, sin fallar una sola vez, al terminar el relato se encontraba con esa tierna sonrisa de Rafa junto a una pensativa y cariñosa mirada. O cuando bailaban juntos en alguna boda, y el la divertía hasta la carcajada con sus comentarios socarrones sobre las costumbres sociales o los chistes más tontos.
Esa complicidad…, ¿Rafa sentía algo por ella…?, aún pensaba que quizá eran imaginaciones suyas, pero de lo que si estaba segura desde que se había convertido en una autista era que aquello la impedía sentir ninguna otra cosa más, pues era como un proyecto de gigantesca palmera condenada a ser siempre una ramita y nada más que una ramita. Porque jamás intentaría nada con Rafa, jamás, no iba a ser ella quién se interpusiera en una pareja de tantos años, en una familia con un niño, además Yolanda no era íntima pero era su amiga, tanto como Rafa. No, jamás haría nada, seguiría en aquel bloqueo para siempre, total, ya estaba hecha a la idea, incluso también de que quizá nunca tendría hijos, impedida de amar… por amar –se sonrío por dentro- parece una novela de Corín Tellado. En algun momento había intentado superarlo pero hacía tiempo que se había rendido a ese autismo elegido, estaba agotada de luchar contra la vida para que esta le devolviera bofetones de realidad. Desde luego que jamás haría nada, a no ser que…, pero eso era impensable, llevaban tantos años de amagos, también se había resignado a que tampoco eso pasaría.

- Perdona, tengo una llamada…, ¡huy, es Yolanda! hablando del rey de Roma…, ¡Hola Yoli! dime guapa…

Alguien habla a lo lejos por teléfono, muy muy lejos, pero las vibraciones de esa llamada llegan a Laura enormes, como pisadas de gigante, y hacen que sus pensamientos se revuelvan y aceleren vertiginosamente.

- Que me dices…

Un año, si, un año, o quizá solo unos meses bastarían, mientras tanto nada. Y después todo o nada. No, más bien todo o todo, pues por fin respiraría plenamente, en la dirección que fuera, pero se vería liberada para siempre y podría crecer alta y robusta hacia el cielo, este cielo, aquel cielo, el que fuera, pero libre por fin pues tras el tiempo de respeto suficiente hablaría claro y en el peor de los casos, si no era correspondida al fin sería libre para respirar cualquier aire, pero respirar.

- Pues hombre Yoli, que te voy a decir, si la cosa está tan clara…

Laura sonrie mientras mira su móvil sobre la mesa. Tiene gracia porque fue Rafa el que contó un día delante de todos lo de aquella estratagema, aquello de ponerle a la alarma del móvil el mismo tono que el de llamada para poder programarla y librarse así de algún pesado. Pero aunque estaba allí aquel día seguro que Gloria ya ni se acuerda, además aunque Laura nunca llegó a ir a aquellas clases de teatro a las que se apuntó una vez era buena actriz. Cualquier cosa menos recibir esa llamada en su presencia o escondida en un miserable cuarto de baño. Hasta la pánfila de Gloria podría percibir esa mirada que tantas veces había visto en otros, aquella luz, aquella ilusión, como era esa canción: “se te nota en la mirada…”. Manipula su móvil fingiendo mirar algo en el calendario –un minuto sería suficiente- justo cuando Gloria esta a punto de colgar.

- Oye que se divorcian, que ya cada uno tiene su abogado y firman todo la semana que viene, aunque en lo básico del niño y todo eso están de acuerdo. Me ha dicho que estaban llamando a todos los amigos y cada uno se encargaba de la mitad, a ti te va a llamar Rafa, hazte la tonta que no le he dicho a Yolanda que estaba contigo.

- Ya, ya te he oído.

“De lejos, de muy lejos pero te he oído”, se dice Laura.

- Pues…

- Perdona, suena mi móvil, ¿digame...? ¿qué? no fastidies, ¡la leche!..., vale vale, no me cuentes más, voy para allá.

Segunda parte de la mini-interpretación. Hay que mostrarse muy agitada, la llamada real está al caer, y si tarda dos horas da igual, se la espera hace años.

- Perdona Gloria pero me tengo que ir pitando, se ha caído la red de todas las sucursales y no consiguen resolverlo. ¡Jóder, siempre pasa esto un viernes por la tarde…!

- Pero si no hemos pedido aún, desde luego como te tienen.

- Ya comeré algo de camino, un beso, recuerdos a Fernando, nos llamamos.

Salir, bajar la calle recto, segunda a la izquierda y primera a la derecha. A Laura siempre le ha gustado mucho este pequeño parque del centro pero nunca se ha detenido en él. La verdad es que parece el sitio perfecto para recibir prosaicas llamadas, …y respirar.