8 de octubre de 2010

Respirar


- Y luego el lunes me llamó para que quedáramos a comer, oye que bonitos esos pendientes, mi madre tiene unos muy parecidos.

Laura escucha con falsa atención, ya sabe desde hace mucho que a Gloria con seguirle los gestos y replicárselos cada veinte o treinta segundos es suficiente para que no se percate de lo poco que le interesa la conversación, pero se resigna con una mezcla de aburrimiento y hastío, como quién oye por la radio un detallado informe de tráfico para un soleado puente en el que no tiene posibilidad de viajar, aunque desee hacerlo más que nunca.

- Y la verdad es que el martes me venía fatal porque ese día quería salir pronto para llevar a Rubén al dentista, y no se por qué chica pero siempre que como con ella se me enrolla y nos dan las cuatro, luego va mi jefe y me la monta y me tengo que quedar por la tarde para compensar. Pero a lo que iba, que por lo visto Rafa el fin de semana ha pasado de todo con la excusa de llevar al niño al torneo de tenis del club y Yolanda está que se sube por las paredes.

“Si, seguro que es Yolanda la que se enrolla y no tú, ¡loro!” piensa Laura. Y encima es viernes y Gloria –que ni ha mirado la carta- tiene jornada intensiva, con lo que no se le puede apremiar con la excusa de que su jefe no se enfade, pero de eso hay que acordarse para otros días, que ese argumento no tiene mucho contraataque. Y el camarero ni les mira todavía.

- ¿Qué vas a comer? – consigue meter con calzador en la perorata de Gloria.

- Ah, cualquier cosa porque esta mañana me he puesto hasta arriba en la despedida del chaval aquel guapísimo del que te hable, que por cierto pobrecillo, no le renuevan y encima se gasta una pasta en sándwiches y pasteles, y el otro día me contó que su novia está en el paro desde febrero, menudo panorama. Pero en fin hija, para mi una alegría menos que echarse a la vista.

De eso se alimenta Laura, no de sándwiches y pasteles como su interlocutora, sino de echarse esas pequeñas y miserables alegrías a la vista cuando quedan todos en el club– y cada vez menos a menudo- o en las esporádicas veces que queda a solas con Yolanda y Rafa por aquello de que Martín es su ahijado, que ya podía haber sido una niña, al menos sería más fácil para el tema de los regalos. Están todos tan ocupados con tanto crío, y eso que en este país la natalidad es baja, se ve que los pocos autóctonos que procrean son socios del club de tenis Altabella. Si al menos hubiera tenido uno –mejor una, una niña- con Miguel Ángel, o incluso antes con Paco, que a punto estuvieron una vez, ahora tendría trece o catorce años…

- Yo le dije a Yolanda un poco lo de siempre; que fuera a lo suyo y que hoy día todos los matrimonios…, ¡uy chica que antiguo ha sonado eso!, pues eso, que todas las parejas tienen sus ciclos y sus crisis y que antes del verano Fernando y yo también estuvimos fatal, bueno tú ya lo sabes, si es que además es la verdad, estuvimos casi tres meses sin tocarnos en la cama ni con el culo y hasta varias noches fingí quedarme dormida con Nereita después de acostarla para descansar un rato de verle el careto. Pero bueno que ahora estamos muy bien y eso…, si es que en la convivencia hay que negociar mucho. Mira, eso que te quitas tú, que haces lo que te da la gana sin tener que aguantar a nadie que está más casado con el fútbol o con el tenis que contigo. Pero bueno, que en realidad yo lo de Yolanda y Rafa lo veo muy crudo eh, porque ya va para largo que le monta escenitas en público a Rafa en el club y esto que quieres que te diga chica, que ya me huele muy mal.

Si, huele mal, huele mal como siempre, pero nunca pasa nada. Total Laura ya cree que no tiene ni olfato, en realidad desde hace un par de años en que superó su segundo gran fracaso sentimental ni huele ni siente ni padece y a veces le parece que ni siquiera respira, pero la metáfora no sería esa de estar “como un zombi” sino que desde que leyó aquel libro del “perro de medianoche” o algo así decidió que era más bien como una autista como vivía. Una autista bien entrenada para disimular que lo es. Las emociones pasan por ella de dentro a fuera y a la inversa sin que ella las perciba, sin que le afecten realmente, y si tenemos en cuenta que las emociones siempre habían sido para Laura como el aire es como si no respirara. Si no fuera por esas migajas de oxígeno esporádicas en realidad estaría muerta por dentro.

- Pues voy a tomar los pimientos rellenos que aquí los hacen muy ricos, Fernando los intento imitar una vez y le salieron horrorosos pero no le dije nada que para una vez que se mete en la cocina…

Migajas de oxígeno, de agotadas ilusiones, en eso y en una sucesión de insulsas situaciones como esta aburrida comida se ha convertido su vida. Y pensar que hubo un tiempo hace apenas tres años en que se creía tan feliz, en que respiraba a pleno pulmón, y quizá fue bastante dichosa hasta ese maldito día en que Miguel Ángel le soltó de golpe lo de la monitora del gimnasio. No era feliz, lo sabía porque en la última época cuando se encontraba a solas en aquella enorme cama, cada vez que Miguel Ángel se iba en uno de sus viajes de trabajo su mente se “distraía” demasiado con fantasías en las que no aparecía Miguel Ángel sino aquel otro que la comprendía mejor y que de pronto, quién lo iba a decir, resultaba tan increíblemente atractivo. Ese mismo “otro” que aún hoy continuaba alimentando sus pulmones sin siquiera saberlo él mismo, cuando lo contempaba a hurtadillas mientras él -o ella- no se daban cuenta, y de esa manera -quizá infame, pero también sabrosa- obtenía esos pequeños momentos en que de nuevo podía respirar oxígeno y sentirse un poco viva, como cuando de niña se metía bajo el embozo de la cama hasta que el aire se viciaba y entonces sacaba la cabeza fuera de la sábana y respirar…¡”sabía” tan bien!.

- Pues lo que te decía, yo no le quise decir nada pero aunque siempre están igual esta vez me dejó preocupada…

Del hecho de estar enamorada de Rafa es muy consciente ahora, demasiado quizá, pero hacía ya un tiempo que había caído en la cuenta que era muy probable que lo estuviera mucho antes de lo que ella misma pensaba, puede que incluso desde antes de conocer a Miguel Angel, quizá en aquella loca fase después de la ruptura con Paco, esa turbia época en que pasaban tantos por su vida y se jactaba divertida de sus pasajeras conquistas en el club y lo contaba todo con premeditada transparencia, cuando siempre, sin fallar una sola vez, al terminar el relato se encontraba con esa tierna sonrisa de Rafa junto a una pensativa y cariñosa mirada. O cuando bailaban juntos en alguna boda, y el la divertía hasta la carcajada con sus comentarios socarrones sobre las costumbres sociales o los chistes más tontos.
Esa complicidad…, ¿Rafa sentía algo por ella…?, aún pensaba que quizá eran imaginaciones suyas, pero de lo que si estaba segura desde que se había convertido en una autista era que aquello la impedía sentir ninguna otra cosa más, pues era como un proyecto de gigantesca palmera condenada a ser siempre una ramita y nada más que una ramita. Porque jamás intentaría nada con Rafa, jamás, no iba a ser ella quién se interpusiera en una pareja de tantos años, en una familia con un niño, además Yolanda no era íntima pero era su amiga, tanto como Rafa. No, jamás haría nada, seguiría en aquel bloqueo para siempre, total, ya estaba hecha a la idea, incluso también de que quizá nunca tendría hijos, impedida de amar… por amar –se sonrío por dentro- parece una novela de Corín Tellado. En algun momento había intentado superarlo pero hacía tiempo que se había rendido a ese autismo elegido, estaba agotada de luchar contra la vida para que esta le devolviera bofetones de realidad. Desde luego que jamás haría nada, a no ser que…, pero eso era impensable, llevaban tantos años de amagos, también se había resignado a que tampoco eso pasaría.

- Perdona, tengo una llamada…, ¡huy, es Yolanda! hablando del rey de Roma…, ¡Hola Yoli! dime guapa…

Alguien habla a lo lejos por teléfono, muy muy lejos, pero las vibraciones de esa llamada llegan a Laura enormes, como pisadas de gigante, y hacen que sus pensamientos se revuelvan y aceleren vertiginosamente.

- Que me dices…

Un año, si, un año, o quizá solo unos meses bastarían, mientras tanto nada. Y después todo o nada. No, más bien todo o todo, pues por fin respiraría plenamente, en la dirección que fuera, pero se vería liberada para siempre y podría crecer alta y robusta hacia el cielo, este cielo, aquel cielo, el que fuera, pero libre por fin pues tras el tiempo de respeto suficiente hablaría claro y en el peor de los casos, si no era correspondida al fin sería libre para respirar cualquier aire, pero respirar.

- Pues hombre Yoli, que te voy a decir, si la cosa está tan clara…

Laura sonrie mientras mira su móvil sobre la mesa. Tiene gracia porque fue Rafa el que contó un día delante de todos lo de aquella estratagema, aquello de ponerle a la alarma del móvil el mismo tono que el de llamada para poder programarla y librarse así de algún pesado. Pero aunque estaba allí aquel día seguro que Gloria ya ni se acuerda, además aunque Laura nunca llegó a ir a aquellas clases de teatro a las que se apuntó una vez era buena actriz. Cualquier cosa menos recibir esa llamada en su presencia o escondida en un miserable cuarto de baño. Hasta la pánfila de Gloria podría percibir esa mirada que tantas veces había visto en otros, aquella luz, aquella ilusión, como era esa canción: “se te nota en la mirada…”. Manipula su móvil fingiendo mirar algo en el calendario –un minuto sería suficiente- justo cuando Gloria esta a punto de colgar.

- Oye que se divorcian, que ya cada uno tiene su abogado y firman todo la semana que viene, aunque en lo básico del niño y todo eso están de acuerdo. Me ha dicho que estaban llamando a todos los amigos y cada uno se encargaba de la mitad, a ti te va a llamar Rafa, hazte la tonta que no le he dicho a Yolanda que estaba contigo.

- Ya, ya te he oído.

“De lejos, de muy lejos pero te he oído”, se dice Laura.

- Pues…

- Perdona, suena mi móvil, ¿digame...? ¿qué? no fastidies, ¡la leche!..., vale vale, no me cuentes más, voy para allá.

Segunda parte de la mini-interpretación. Hay que mostrarse muy agitada, la llamada real está al caer, y si tarda dos horas da igual, se la espera hace años.

- Perdona Gloria pero me tengo que ir pitando, se ha caído la red de todas las sucursales y no consiguen resolverlo. ¡Jóder, siempre pasa esto un viernes por la tarde…!

- Pero si no hemos pedido aún, desde luego como te tienen.

- Ya comeré algo de camino, un beso, recuerdos a Fernando, nos llamamos.

Salir, bajar la calle recto, segunda a la izquierda y primera a la derecha. A Laura siempre le ha gustado mucho este pequeño parque del centro pero nunca se ha detenido en él. La verdad es que parece el sitio perfecto para recibir prosaicas llamadas, …y respirar.

21 de mayo de 2010

31 de marzo de 2010

Películas, pájaros y flores

La realidad no es una película pero quizá la mejor forma de afrontarla es como si lo fuera, como si fuese una de esas películas buenas, una muy intensa en la que su autor o autores consiguen que te metas tanto en el argumento que durante dos horas sientes que no hay nada más real que esa película. Una de esas que nos lo hacen pasar a ratos bien, a ratos mal, y que nos hacen dudar de nuestras propias convicciones, y por momentos creemos que todo se está yendo al garete porque nada tiene sentido, pero en la que al final todo queda en su sitio.

Redundando en la idea, y sustituyendo realidad por vida (aunque... ¿no viene a ser lo mismo?), la vida no es una película pero hemos de vivirla como si lo fuera. Y se que parezco contradecirme, pero eso es lo que pienso, y sobre todo, eso elijo yo, cargar mi vida hasta los topes de esperanza y sentido. Y es que de lo contrario me arriesgo a crear un drama, el drama de la vida, algo que puede parecer hasta gracioso, tanto que si se abusa de la gracia corre uno el peligro de instalarse en el cinismo, una dramatización más de las muchas variantes existentes.

Y termino esta breve reflexión a golpe de tópico; al fin y al cabo la realidad no es ni buena ni mala, la realidad sencillamente… es, y somos nosotros los que elegimos que película montarnos, una de las buenas que además acaba bien -y en esto de acabar nuestra vida es exactamente igual a las películas, antes o después termina- o quizá un drama, más o menos intenso pero mucho menos satisfactorio, por decirlo suavemente.

Quizá la esencia de la vida sea fundamentalmente esa, hacer nuestra elección y reafirmarnos una y otra vez en ella. Y todo lo demás, como diría un buen amigo mío…

"Pájaros y flores".

8 de febrero de 2010

31 de octubre de 2009

Una playa sin mar

Se llama Gulpiyuri y está en Asturias, un aldeano al que preguntamos por su ubicación la describió en su muy peculiar manera mientras nos indicaba cómo llegar a ella a través de un camino sin asfaltar, y una vez que se había repuesto de la extrañeza que le provocaba nuestro interés en “ese agujero”.

Nada más llegar a ella pensé que desde luego se prestaba a ser la metáfora de muchas cosas, pero enseguida me dediqué a observarla y disfrutar de su belleza y singularidad. A cierta edad uno ha aprendido sobradamente que hay momentos en que los sentidos no deben perturbar a la mente, pero también que cada vez son más las veces en que ha de ocurrir al contrario, cuando los sentidos no deben verse limitados por reflexiones excesivamente profundas y ajenas a lo que uno está viviendo en ese momento, debe ser eso de “relajarse y disfrutar” que tanto se oye pero que no es tan fácil de practicar.

Y es por eso que ha sido un tiempo después de visitarla, cuando me he visto sorprendido en sueños por esa extraña playa, y caigo en la cuenta de cuánto me impactó y de cómo sigo aún desconcertado, y trato de hacer aquella reflexión que no hice, ”ni falta que hace”, debí pensar.

Quizá por eso cuando tras atravesar unos campos de labranza -con carro de madera y burro incluido- y tras aparecérseme ante mi aquella extraña playa, modesta por su pequeñez pero a la que no le faltaba su arena blanca, sus olas y su olor característico, lo primero que hice tras el impacto inicial -que supongo es el que aún no he superado- fue darle la espalda y seguir montaña arriba buscando lo que aquella hermosa playa afirmaba a base de negarlo a mis ojos: el mar.

Piedras cada vez más afiladas que parecían querer frenarme conducían siempre hacía arriba hasta el borde de un acantilado donde pude contemplar primero la inmensidad del agua que iba buscando, y después -asomándome peligrosamente- lo que ya intuía, un mar sin playa, bastante más común pero muy congruente supongo con lo que había tras de mi tierra adentro unos cien metros abajo.
Creo que estuve, estuvimos, más tiempo ahí arriba que en el trozo de arena de abajo, donde si recuerdo haberme hecho la pregunta de si aquella playa sería de mi agrado para bañarme y leer cobijado bajo alguna sombra, como suelo hacer en tantas otras playas, y mi respuesta fue inmediata, no, desde luego no me atraía. O mejor dicho, me atraía demasiado, lo mismo que me atraía peligrosamente ese acantilado de piedras afiladas…

Gulpiyuri -hasta el nombre es extraño y desconcertante- metáfora de tantos y tantos esquemas rotos, de duros puñetazos de realidad y de abismos de la razón es esa playa sin mar, que quizá por su inquietante belleza, o por su rotunda forma de negar lo que afirma y afirmar lo que niega aún me estremece en sueños…

Hasta que un día vuelva a enfrentarme a ella, a decirle que ya no la temo, que está ya en mi mar de miedos vencidos o aceptados que son parte de mi vida, así como yo soy ya parte de ella, un visitante más de lo extraño y desconcertante del mundo externo e interno por el que todos transitamos.

22 de septiembre de 2009

Mr. Xp



Pues vaya...

16 de septiembre de 2009

Un hombre y una mujer

Un hombre y una mujer deambulan una tarde de un caluroso junio por un centro comercial, o quizá sea un planetario o un museo de la ciencia, de esos que están tan de moda. Ella va delante, arrastrando los pies y mirando a todos lados como si realmente le interesara lo que ve, él zigzaguea detrás sin criterio, haciendo fotos y videos a todo lo que ve, sin disimular mucho que parece más niño que un niño mismo con su cámara nueva. Ninguno de los dos sabe aquella tarde, al menos no conscientemente, que un mes más tarde su antaño hermosa relación terminará para siempre de una forma abrupta y dolorosa.

Si lo sabe el hombre que años más tarde, buscando la foto de un perro tan muerto e incinerado como esa historia de amor, descubre un vídeo y unas fotos de aquella tarde en que jugaba con la cámara. Unas imágenes que ya había visto pero que no había mirado bien.

Y es ahora cuando ve a través de las fotos cómo en un momento dado ella se adelanta a él y se queda un rato ensimismada mirando fuera por un gran ventanal mientras él toma fotos de todo lo que le rodea, incluida ella. Y es ahora cuando el hombre observa detenidamente un vídeo en el que tras su ensimismamiento la mujer baja unas escaleras mecánicas, y tras ella él unos peldaños más atrás, grabando la espalda inmóvil de ella, tras la que se adivinan los brazos cruzados y la cabeza baja. Y es ahora, y quizá no entonces, cuando el hombre percibe un movimiento del brazo izquierdo hacia sus mejillas, bajo sus ojos, un movimiento que sólo sirve para recoger lágrimas. Y tras este, otro movimiento en que ella gira levemente la cabeza adivinando la presencia del hombre detrás y recomponiendo la figura.

Aquel hombre que graba, no el que ahora observa las imágenes, pues son hombres distintos aunque parezcan el mismo, aparta entonces bruscamente la cámara, como si hubiera violado un momento íntimo, y enfoca absurdamente durante demasiados segundos el enorme cartel de un científico con la barba blanca y la nariz puntiaguda, hasta que detiene la grabación.

El hombre contempla de nuevo las imágenes y el vídeo durante un rato y un recuerdo fresco, de esos que uno cree olvidado, como cuando un olor preciso te trae un momento concreto de la niñez, aflora a su mente y sobre todo a su corazón, y una vieja tristeza le arrastra hasta otra igualmente vieja duda; “¿y si la hubiera abrazado fuerte?, ¿y si en ese preciso momento la hubiera hecho sentir cuánto la quería?”, se dice a si mismo, quizá las dudas de ambos, todos esos desencuentros, y especialmente todo aquello que se ocultaban el uno al otro por miedo a no ser comprendidos hubiera salido a la luz de esa tarde de junio y…

Luego el hombre continúa reflexionando y cae en la cuenta de que torturarse con preguntas así no tiene ningún sentido, aunque un aparentemente prosaico vídeo haya resultado ser tan premonitorio e incluso explícitamente descriptivo de la triste situación en que ya vivían. Hubiera pasado lo mismo, el final habría llegado igualmente. Así se consuela hasta que de nuevo un nudo le atenaza por dentro, “y que importa que hubiera ocurrido lo mismo, por supuesto que eso era lo más probable, lo que ahora me entristece es que me duele tomar conciencia de que ella estaba sufriendo en ese momento, haber sido testigo, haberlo grabado incluso, y no haber hecho nada por quien más quería en el mundo para mitigar su dolor, eso es lo más duro, ¿es que acaso no me importaba?, ¿tan ciego y necio estaba yo enrocado en mis motivos y miedos?”.

El hombre, que ahora flota en un aire de melancolía, deja de buscar la foto del perro y continúa mirando rutinariamente las imágenes de aquel día, quizá buscando algo que no espera encontrar, algo que también está ahí, esperándole.

Es otro breve vídeo posterior al anterior, esta vez fuera del recinto, junto a un lago artificial lleno hasta los topes de agua y de transparente nada. De nuevo él graba los alrededores girando alrededor de ella, que, sentada en un banco le mira un momento aburrida con los ojos llenos de tristeza. Él sigue grabando hasta situarse detrás, y tras pasear el objetivo de abajo a arriba por la espalda de ella gira bruscamente la cámara hacia su propio rostro y sonriendo lanza secretamente un beso al aire mientras la mira, para después musitar en un susurro, de forma que sólo la cámara lo recoja, un expresivo “te quiero”, luego vuelve a enfocarla y termina la grabación.

El sorprendido hombre que ahora ve el vídeo se sonroja de lo infantil del gesto de aquel otro hombre, que ahora si, es el mismo que hoy se enternece de aquel gesto, “claro que la quería, y estaba ciegamente confiado en que todo se arreglaría, supongo que por eso grabé ese otro vídeo, para mostrarselo después, pero en ese momento ya había entre nosotros un muro que ni el mejor alpinista lograría escalar”. Eso piensa el hombre, la quería, y está seguro que también ella le quería a él, pero por lo visto a veces eso no es suficiente, a veces.


El hombre retoma la búsqueda de la foto de la mascota, al fin y al cabo hay cosas que sólo están muertas del todo si uno quiere que lo estén, y resucitarlas por un rato, a veces queriendo, a veces sin querer, no tiene por qué ser tan malo.