
Hasta que un rato después va la vida y se pone literal e irónica, y ves una celda real. Una celda de unos 4 metros cuadrados, abandonada, sucia y oscura.

Y te metes dentro, y finges estar encerrado, y cierras la puerta, la reja.
Y te sientas, y te quedas un rato en silencio, y juegas a sugestionarte, a imaginar e inventar a todos los presos reales que han estado ahí dentro. ¿Que sentían? ¿que sentirías tú?

Y entonces añoras tu “celda” de hace un rato.
Y sales.

A empaparte.