Hará un año cambié de aparato, por aquello de los megapixels, y me ocurrió algo que me resultaba de lo más irritante, cada vez que descargaba las fotos al ordenador -y lo suelo hacer al menos una vez por semana- me quitaba también esta foto que tenía configurada como fondo de pantalla. Traté de averiguar como conseguir que esto no pasara, leí por encima el manual del aparato pero no encontré el modo de cambiarlo, consulté con un amigo que me recomendó cambiar de nombre la carpeta donde se almacenaban las fotos en el móvil, pero ni por esas. Reconozco que tampoco le dediqué muchos más esfuerzos pues como he dicho me encanta hacer fotos pero en cambio no soporto “empollarme” los manuales de los diversos chismes que conviven con nosotros, admito que quizá es una manía estúpida pero así de cabezón es uno a veces, la cuestión es que el asunto me fastidiaba mucho, probablemente más de lo que la tontería merecía, con lo que mi irritación aumentaba aún más.
Finalmente la única solución que encontré fue que cada vez que descargaba las fotos volvía a hacer una foto al ordenador para restaurar a mis queridos bailarines, un engorro pero “a cabezón no me va a ganar este chisme”, debí pensar.
Así estuve unas semanas hasta que un día, sencillamente… olvidé hacerlo. Al día siguiente salí a la calle con la pantalla en blanco y pasé un buen rato haciendo fotos mientras me dirigía al trabajo, buscando una que fuera apropiada como fondo provisional hasta que por la noche repusiera a los chicos de Rodin. Y así ocurrió que un trozo azul de cielo y la parte alta de unos edificios sustituyeron a mis habituales y queridos bailarines.
Esa misma tarde llegué pronto a casa, quizá por mi prisa por acomodar mi pequeño mundo celular a su estado habitual, y además con la firme determinación de pelearme lo que hiciera falta con el manual de instrucciones, así que lo primero que hice fue descargar las fotos y dejar nuevamente la pantallita virgen, blanca y hasta radiante, y ya me disponía a hacer la foto de la foto cuando levanté la cabeza y…, se me apareció la luz, le hice una foto, como no.
Y la luz me hizo pensar, y me dijo que lo que yo vivía como una maldición –pequeña, pero no por ello menos irritante- no era más que todo lo contrario, que ahora podría cambiar todos los días mi “fondo de pantalla”, que no implicaba más que apretar un botón y cada día podría buscar un nuevo “papel tapiz” -así lo llama el nuevo aparato- acorde a lo que esté viviendo y sintiendo, o si no al menos deseando sentir, que quizá podía utilizar ese “fondo de pantalla” como metáfora de mis estados anímicos e incluso ¿por qué hacer tantas fotos si luego ni yo mismo las disfruto?.
Pero eso si, todas esas imágenes, esos fondos, todos, los que han pasado y los que vendrán, trato de que sean espacios amplios y despejados y con su “algo” de belleza, pues en ellos es donde siempre, siempre, sin parar, se mueven alegres mis bailarines, esos que ya no necesito mirar rutinariamente con los ojos para ver danzar y bailar.