16 de julio de 2009

Postales

Estoy inquieto, necesito sosiego, salgo de la polis…

La polis está cerca del mar…


Pero el mar no me tranquiliza, su continuo movimiento me desasosiega, busco aguas más calmadas.

Y las encuentro cerca...


¡Mágnifico…, que belleza!, ahora si…, mi espíritu descansa al fin.

He llegado a mi destino.



...


¿Pero… qué...?! ¿ …quién… ?


¡ CARONTE !


¿Es este el fin de mi viaje?, ¿era este el descanso tan deseado?

Me estremezco…

...


Estoy confuso…

...

Un momento…

...quizá el sol me ha cegado...


Quizá he cerrado los ojos...

...mientras leía…

El miedo se aplaca.

No..., no es Caronte, es un barquero de esta hermosa albufera.

Y yo sólo soñaba.


Ahora sueño de nuevo, está vez despierto, sin que los miedos me traicionen.

Bien despierto…

Sueño con el lugar que busco en el mundo.

En mi mundo.

Y aunque aún no estoy ahí puedo verlo ya...


Parece una postal…


Una postal que envío dos veces…

...a dos almas.

Una a la mía

Y la otra…

2 de junio de 2009

"No estoy hecho para ser amado"

Así se llama una película francesa que he visto en la tele y que de forma premeditada no quise ver en el cine en su día, a pesar de que el título me picaba la curiosidad, precisamente porque a la vez me repelía, vaya usted a saber por qué.

Ahora me doy cuenta de que cuando la estrenaron debí haber hecho lo que uno de sus personajes secundarios dice en una secuencia que resume la película y de paso da respuesta al título, y que me hubiera ahorrado unos fastidiosos cortes publicitarios:

“A veces hay que dejarse de gilipolleces”

En la película ese personaje no se refiere a anuncios precisamente…

14 de mayo de 2009

6 de mayo de 2009

Necrológica de un vivo

Siempre que muere de pura “ancianidad” un personaje importante –importante para mi quiero decir- y que además era de mucha notoriedad pública me entristezco, pero mi tristeza se dobla al leer en la prensa las necrológicas, y pensar mientras las leo que probablemente éstas ya estaban elaboradas desde mucho antes y que apenas las han retocado para su publicación, pues parecen entonces un conjunto de datos fríos que subrayan la muerte, en lugar de resaltar una vida. Pues bien, me dispongo ahora a hacer lo que tanto aborrezco a propósito de un actor aún vivo, copiando de paso una frase, como buen cinéfilo que soy, a otra gran maestra del celuloide. Y para este mi personal homenaje escribiré por primera vez sobre algo que considero muy importante en la vida y que además define, en mi opinión, a la perfección a este señor.

En la vida existen, creo yo, dos tipos de personas, las que evolucionan y las que no lo hacen, o mejor dicho, las que crecen emocionalmente y las que se enquistan en una pose, y que cuando cambian –y cambian, eso seguro- entienden este cambio como un error, especialmente de cara a los demás, como si los otros fueran a dejar de quererles o algo así, de manera que se aferran a formas de ver el mundo que les condicionan en exceso sin permitirse muy a menudo el sano hábito de escudriñar dentro de si mismos con una mirada limpia, honesta, y sobre todo, libre de miedos y auto-reproches, como por el contrario si que suelen hacer los primeros. Y se que esto que acabo de decir es una gran simplificación, pero tampoco es mi intención hacer una tesis al respecto, ni mucho menos una entrada excesivamente larga y fatigosa.

Y ya que he comenzado traicionando mis propios gustos decidiendo hacer la necrológica de un vivo -“que mal gusto” podría decir yo mismo- permítame que siga simplificando el asunto (que mal gusto de nuevo) de cara a hacerme entender más fácilmente en lo que sigue. Llamaré al primer tipo de personas “tipo Q” y a las segundas “tipo R”, y escojo estas letras aleatoriamente, por variar un poco lo de A y B, que siempre me ha parecido esconder una intención premeditada de establecer un grupo superior y otro inferior, cosa que supongo ya implícita, con lo que enfatizaría aún más la simplificación y la etiqueta. Y que quieren que les diga, a tanto no llego, mis auto-traiciones tienen un límite.

La cuestión es que existe un tipo de persona perteneciente al tipo Q (recordatorio: las que si evolucionan) que hace de esto que va ni más ni menos que de vivir, y que nos toca a todos, un verdadero arte. Se podría decir que son unos artistas de la evolución personal (y podría hablar quizá aquí de “desarrollo personal” pero suena a libro de autoayuda y a psicología barata y almibarada, y si se sigue por ahí se puede acabar desvariando con tonterías tipo “gestión del cambio” y cosas así…), gente en fin que consigue evolucionar con una elegancia realmente admirable, hasta el extremo de que para los que presumimos de observadores –listillos que somos- es fácil creer haber detectado en un principio aparentes contradicciones, y recalco lo de “aparentes”, pues es ahí precisamente donde reside la hermosa paradoja de estas personas, y es que son capaces de evolucionar –y cambiar- siendo increíblemente fieles a sí mismos, de forma que no dejan de sorprendernos, a nosotros y a sí mismos, pero manteniendo a la vez una gran coherencia con su “historia personal”.

De ambos tipos, Q y R, conozco unos cuántos personalmente y a otros cuántos por sus libros, sus escritos, o como en este caso del tipo Q, por sus películas, ya sea como actor, director, o ambos a la vez, aunque el hecho de no conocerlos personalmente ni tener detalles de su vida privada no impide que pueda, que no podamos todos, formarnos una opinión al respecto, especialmente cuando hablamos de carreras profesionales, o más exactamente de carreras “artísticas” de largo recorrido en el tiempo, digamos quince o veinte años. Y es que ya va uno haciéndose mayor.

Y para explicarme mejor y no explayarme demasiado pondré un par de ejemplos de ambos tipos, pero eso si, hablando siempre de personas, Q o R, a las que admiro mucho y que algún día ya lejano, y por el motivo que fuera, decidí que eran referentes para mi y que por lo tanto seguiría asiduamente sus obras, me gustaran más o me gustaran menos.

Tengo que admitir, muy a mi pesar, que en el tipo R de los, digamos, “estancados” estaría Woody Allen, que en los últimos años sólo me ha sorprendido con su tenista asesino, brillante y elegante reflexión filosófica y ética, pero que por lo demás no hace más que caricaturizar sus obras anteriores una y otra vez. Así como por ejemplo Juan José Millás, que de tan original que insiste en ser ya casi nunca sorprende y se le ve venir a kilómetros, como si usara las mismas tres o cuatro ecuaciones cambiando solamente los términos. Esto no elimina, insisto, que en ambos casos admiro mucho su personal estilo, cineasta el uno, escritor el otro, que aún así dejan un nivel muy alto en todo lo que hacen, especialmente si los comparamos con la inmensa mayoría, entre la que me incluyo, que qué más quisiera uno que estar a la altura, como autor de lo que sea, de estos artistas. Que yo a lo más que llego es a listillo…, o a observador crítico, por decirlo suavemente. Y no me vayan a buscar la retranca por que no la hay.

En el primer tipo Q en cambio…, además del actor y director del que realmente estoy hablando, o intentando hacerlo al menos, estaría Rosa Montero, gran periodista y escritora, que ayer en su artículo semanal sin ir más lejos me volvía a sorprender gratamente, y por lo tanto a confirmar lo que digo, cambiando nuevamente de registro, pero a la vez inmensa y certera como siempre. También en este tipo estaría, al menos hasta hoy en su aún corta pero brillante carrera Alejandro Amenabar, director de cine y compositor que sabe lo que quiere hacer y lo hace, pero no por ello deja de estar abierto a aprender sin parar y sorprendernos a todos, al menos a mi.

Y podría dar muchos más ejemplos de ambos casos, e incluso tratar de explicarme mejor pero...

...Pero como veo que me está saliendo una necrológica un tanto rara y extensa, pues aún no he dicho directamente de quien estoy hablando y además veo que no es ya que “me esté yendo por”, es que “me estoy quedando” en las ramas, hago aquí un giro, respetado lector y le sorprendo a usted y a mi mismo tratando de emular torpemente, supongo, a mis doblemente admirados tipo Q. Permitame que ignore su presencia ahí por un momento, disculpe pues, y comprenda si puede, mis palabras anteriores por farragosas y las que siguen por maleducadas pero he de decirle sinceramente que a partir de aquí me importa menos si sigue leyendo usted esto, pues lo que diré a continuación son unas palabras lanzadas al viento con un único destinatario, que es precisamente quién seguro no va a leerlas. Yo me entiendo. Y reitero las disculpas pero a lo dicho me remito.


Clint Eastwood que estás en los cielos…

Oye Clint, antes de que te vayas de verdad, y no de mentira como tantas veces has hecho en la pantalla, y espero que sea en veinticinco años mejor que en diez, querría decirte que me ha estremecido un poco cuando te he visto haciéndote el muerto en un ataúd en tu última obra maestra, pues me ha hecho darme cuenta de que…, joder tío…, estás un poco viejo ya, eso si, en plena forma, mejor que nunca, no lo voy a negar, pero con eso de que todos tenemos fecha de caducidad igual va un día y nos haces la putada (si si, putada y putadón, con acento en la ón) de dejarnos y por tanto que se muera un trocito de algo dentro de mi –en realidad soy un egoísta supongo- y bueno…, a lo que me refiero es que antes de que eso ocurra quiero decirte lo que ya sabes, que gracias Clint, que tú siempre serás el duro y el que mejor hace de duro, pues mostrar todos los matices de lo que hay dentro de un duro –incluyendo todos los blandos- sin dejar de ser duro ni un segundo es un arte exclusivo tuyo. En fin tío, que eres un monstruo, pero de los grandes, por mi no tendrías que morirte nunca, así que ya sabes Clint, no es ya que evoluciones tan bien y todo ese rollo, es que, y no me lo entiendas mal..., para mi, Clint, ya estás en los cielos, hoy y siempre.

23 de abril de 2009

Mr. Bang

El señor Bang ha cambiado mucho, y ahora -y ayer, y mañana- tanto tiempo después, ha olvidado sus orígenes, su memoria esta hecha de retazos, todos ellos residentes –que se sepa- en un punto ínfimo de si mismo, desde donde se cuestiona su propia identidad…

- ¿Soy o no soy? - se pregunta el señor Bang.

- No sé – se responde a si mismo Big.

21 de abril de 2009

7 de abril de 2009

Videojuego

Se llamaba HdlR y era un programa muy complejo, en realidad era una fusión de cientos de miles, quizá millones, de otros programas y su característica principal era que enlazaba unos con otros con asombrosa perfección. No era exactamente un videojuego, aunque de ‘juego’ tenía mucho, casi todo, y también bastante de ‘video’, especialmente si vamos al origen latino de la palabra -video, videre, videvim, videtum- ver.

Podías saltar de un juego –un programa- de guerra a otro de estrategia, y de este a uno de convivencia sin darte cuenta de haberlo hecho y cuando tras muchos saltos de uno al otro y de este al primero por fin comenzabas a tomar conciencia de estas transiciones de nuevo volvía la confusión, pues entonces te encontrabas jugando a un nuevo juego en el que se combinaban a la perfección los tres anteriores, con lo que la complejidad del mismo de nuevo te hacía olvidar los saltos, pues la concentración requerida para desarrollar destrezas en moverte en ese nuevo juego era tal que no podías ser a la vez consciente de estar jugando, sencillamente jugabas. Y de nuevo empezaba el ciclo, una vez adquiridas las habilidades necesarias en el siguiente nivel de complejidad comenzabas por fin a tomar conciencia de estar jugando, e ibas directo a perder esa conciencia en el nivel siguiente en el que te encontrabas, sin darte cuenta, y así una y otra vez.

Hasta que por fin desarrollabas la habilidad necesaria para ser un gran jugador, un jugador experto, una especie de Neo en Matrix, la capacidad de pasar de un juego a otro –aunque no era tu voluntad consciente la que hacía que esto ocurriera- sin perder nunca la conciencia de estar haciéndolo, y sobre todo, sabiendo todo el tiempo que estabas jugando.

Y es ahí donde aparecía el fin último del juego, pues entonces llegaba el hastío y el agotamiento y lo único que deseabas con todo tu ser era dejar de jugar. Era ahí cuando debías decidir perder el miedo, todos los miedos, y elegir dejar de jugar el programa de programas, el juego de juegos, el de todos los mundos imaginados por otros y saltar al vacío, al nivel cero de realidad, la tuya. Y para conseguirlo no era suficiente ser buen jugador, ni siquiera ‘realmente’ bueno , lo importante era ser valiente y decidido, consistía más bien en lo contrario, en olvidar todas las habilidades adquiridas y dejarse llevar, sin miedo, como un intérprete de jazz en un momento maestro.

Y entonces..., me he despertado, y me he sentado en la cama mirando al suelo un rato…, que pesadilla, ¿HdlR?, ¿Huir de la Realidad?, ¿estaba soñando?, si, estaba soñando. He hecho café y me he puesto a escribir, no para revivir la pesadilla, más bien para lo contrario, creo.